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miércoles, 9 de diciembre de 2009

La memoria se llama ‘Esperanza’



  
Un largo etcétera de ajados pensamientos habitaban los viejos cuerpos en aquel asilo.
Todos sin excepción, permanecían en la sala de espera su regalo de Navidad, pero ninguno sabía para qué era todo ese ruido y colorido. Silenciosos, heridos de muerte en la  desmemoria, miraban lo que tenían delante con el mismo gesto de su mirada perdida. Un gran árbol lleno de adornos decoraba el sitio y le rodeaban pequeños paquetes con regalos. Ninguno recordaba su nombre y por eso llevaban ese día una pegatina con el suyo puesto sobre el pecho.
Las quejas y dolores los agitaban, estaban cansados y sus temblores movían los surcos de sus rostros al unísono cuando reían por cualquier cosa. Todos buscaban recuperar algo pero no sabían qué.

Alguien  dijo:
-¡Ya viene!
“¿Quién, qué?”-Preguntó alguno
-¡Yo qué sé… ella!
“¿Cómo se llama?
-Esperanza…
“¿La conoces de algo?”
-No, sólo recuerdo cómo se llama y que debe estar con nosotros.


Todos los demás por algún motivo, se estiraron las arrugas con la mano para parecer más jóvenes, al ver que entraba alguien muy sonriente a la sala. Miró fijamente a uno por uno con su sonrisa de siempre y les tocó el hombro con una palmadita. Ella estaba allí pero no era la otra de la que hablara antes.

Sonreía a todos y pasó lista a lo largo entre miradas  de soslayo. Nadie dijo nada, casi todos la esperaban. Habían olvidado el calor de la Vida y del Amor y poco les importaba desaparecer. Nadie iría a verles. Sólo uno, entre todo el resto de ‘pacientes’ de la lista, recordaba que a él podría pasarle en cualquier momento lo mismo y le dio por reír y llorar nerviosamente. Los demás le imitaron y, ella también les acompañó llevándoselos ‘muerta de risa’. ¡No, ella no era la otra que él recordaba, pero tampoco se acordaba de su nombre! Sí para lo que servía y eso le angustiaba estando tan solo. Asustado ante la cruda realidad pensó que por esta vez se había vuelto a salvar porque no lo había tocado en el hombro. ‘La tipa’ era muy amable en cumplir su misión.

Mientras las luces seguían iluminando y la música llenaba aquella sala, alguien le puso en las manos uno de aquellos paquetitos decorados con papel y cinta de colores, para luego decirle:
 “Anselmo, sólo nos quedas tú, vamos a cerrar el asilo porque ya todos se han marchado”.

No le contestó pero quiso abrir el paquetito, su regalo de Navidad. La cuidadora le ayudó. Se quedó mirándolo bastante rato sin atreverse a sacar lo que había dentro de la caja, pero  por fin decidió ante la insistencia de la cuidadora, mirar lo que traía dentro. Era carta y la foto de un ser amado. Emocionado se abrazó a ellos y lloró. El matasello era de África y pertenecía su remitente a una congregación cristiana misionera. Hacía seis meses que no recibía noticias de allí y era su único consuelo. Necesitaba calmarse y leer la carta.

Abrazado a su regalo se quedó pensando que, aunque fuese uno de aquellos  envejecidos cuerpos que se estaba en la sala de espera, tenía algo en las manos que sí podía saber para qué servía. Sus neuronas no habían perdido la conexión, pero insistían angustiadas intentando ayudarle mucho más… Era una idea, una palabra, un nombre, el amor, un poco de más vida… y se había salvado por algo importante. Le rondaba en el cerebro el esfuerzo y la muerte se fue esta vez sin el. Volvía a engañarla o quizá ella sabía que no era su hora. ¡Tenía el regalo que esperaba!. No podía recordar que… “la esperanza es lo único que no se pierde”… ¡Eso era!, cómo lo había podido olvidar! – se dijo feliz al recordarlo y lo repitió en voz alta. Pero pensó que la esperanza ante la enfermedad y la muerte, era de la memoria de todos los que ya la habían perdido. Sus compañeros de viaje que ya no estaban en esa sala. Sabía que ya no era como antes, era un cuerpo anciano y para la vejez no hay más cura que volver a morir para renacer de nuevo. Volvió a ponerse triste mientras apretaba la carta y la foto contra su pecho. Estaba solo y el Amor no le acompañaba cerca desde hacía mucho, pero también era esa foto y la carta parte del mismo.

Anselmo permaneció un rato con los ojos cerrados apretando su regalo. Después sintió que alguien ponía sobre sus hombros unas manos. Entonces supo que ‘su esperanza’ no lo había abandonado… ¡Que ella existía y estaba allí abrazándolo, dándole besos por todo el rostro!… Era su única hija, monja misionera, que había vuelto por navidad, para quedarse definitivamente con él como le había prometido para llevarlo a su casa y cuidarle. ¡Loado era Dios, lo había escuchado, ÉL si que era una esperanza y sabía cuál era la misión de su hija después de habérsela entregado, menudo regalo de Navidad, la vida, el amor y la esperanza!


Elisa
09

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