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miércoles, 13 de enero de 2010

Fue más que una carcajada... (Cuentos de verdad)






Era  una niña cuando de madrugada un  estruendo se sintió por toda la casa, sorprendiéndonos a todos cuando dormíamos. Nos despertamos muy asustados. Era algo que golpeaba en las paredes,  puertas, ventanas y cercados, con un sonido de alas seguido de una enorme y larga carcajada, que a mi madre y abuela les pareció siniestra.

Mis hermanos y yo, inmediatamente llamamos a nuestra madre y abuela. Temblábamos por lo inesperado y ellas nos consolaron, encendiendo un cabo de vela se iluminó la estancia con luz tenue Las Velas dejaban un olor molesto a medida que se quemaban, se hacían en casa con residuos de grasa animal, aunque también se utilizaban de parafina. Pero ese día mi abuela trajo una de las de su cocina porque las otras se habían terminado. Teníamos luz eléctrica pero el interruptor estaba lejos de las camas; la habitación donde nos encontrábamos era la más grande de la casa. En el armario cabía toda la familia. Pero hasta ese día no sabíamos que secreto guardaba mi madre en el mismo.

Todos nos habíamos incorporado y nos hallábamos sentados sobre las camas. Nos mirábamos sin saber qué había  pasado fuera y tan cerca de nosotros. Mi madre inmediatamente nos había hecho una señal de no hacer  ningún ruido. Estábamos expectantes y el corazón casi se nos salía… Allí fuera del dormitorio tampoco se sentía casi nada... Todo aparentemente en silencio y de vez en cuando un ligero movimiento, pero sentíamos de vez en cuando algunos leves sonidos en el suelo del corredor, y también como si sobasen las paredes.

  Por entonces, a mis siete años, aún dormía en una cuna grande. Me faltaban dos palmos para tocar los pies de la misma con los míos; había sido también la de mis hermanos mayores.
La  cama de mi madre estaba al lado de mi abuela separada por una mesita y mis dos hermanos, a cada lado de las de ellas separados por un biombo tupido, y la mía frente a las suyas. La habitación tenía un gran ventanal de cuatro alas, altas y bajas con cortinas que mi misma madre tejía; como dos puertas con salida al salón, que a su vez comunicaba con la principal de la calle y otro ventanal, que daba a un camino de herradura separando la cada de un gran cafetal lleno de árboles de chiminango. En el mismo salón otra puerta que comunicaba al interior de la casa con salida también a los corredores y demás dependencias. En la habitación en la que dormíamos, desde su ventana, había también otro camino que su cruzaba con el anterior y algunos ranchitos de paja habitados por los trabajadores con sus propias tierras, llenas de árboles frutales y huertos.

Dentro de mi casa los corredores llevaban a la habitación de mi abuelo y otras habitaciones más,  comedor y cocina; seguidamente estaba el granero de alimentos los aperos de las bestias, herramientas de trabajo, los pilones del café, las esteras, sacos de yute para transportar productos de las cosechas, una tolva para el tueste del café y un pequeño taller de encurtir y carpintería. En frente de la cocina estaba el agua sacada de un manantial natural con una bomba; había ducha de agua de lluvia que se calentaba al sol y corría un arroyo de agua por toda la casa y el jardín hasta llegar al de aguas residuales al final del inmenso patio donde estaba el inodoro. Era el más lejano, pero como decía mi abuelo: "cuando se llega ya va aflojando todo"... La primera parte de la casa hasta su final era todo jardín y huerto a lo largo del corredor. En el jardín como el patio principal había puertas auxiliares para el paso de animales, independientes del resto de la casa para asegurar durante la noche las entradas, estando protegidos por las altas cercas y los portales principales siempre cerrados.  Todos eran muy altos y con alambre de espino por encima y cruzado entre las cercas hechas de guadua, sembradas a lo largo de plantas de piña  y piñuelas por el interior. Eran la protección de entonces, aunque cualquiera podía saltar las cercas con un buen salto de garrocha o una escalera. Mi abuela era la encargada de las llaves y de cerrar todo cada noche, empezando por el gallinero que estaba fuera del jardín. Pero era fácil enlazar ramas desde el exterior y descolgarse  dentro, porque de niños jugábamos a ello. Se dejaban los perros sueltos algunas noches, pero esa noche en concreto había decidido mi abuela, que estuviesen atados en el patio trasero.


“¡Rosa, mija, allí fuera ha pasado algo y no sabemos qué, nos pueden haber matado todas las aves del corral o robado... o quién sabe…, debemos hacer algo! ¡Abraham  ni se entera con la sordera que tiene…! -le dijo mi abuela en un susurro a mi madre que estaba rezando sentada al borde de la cama. Siempre lo hacía cuando las cosas no eran claras para ella o había una amenaza moral o física.
Mi madre le contestó: “¡Espere Ud., mamá, vamos a ver qué más se oye, pero a ver si hay más ruidos, no vaya a salir, puede que estén esperando allí fuera, tengo miedo por los niños, puede ser una partida de monos huyendo de algo o alguna fiera... y hasta el ganado del potrero huyendo de algo...”

"¿Entonces, qué hace allí rezando?... ¡Que aquí no hay más oración que coger la escopeta y el machete o palos para defendernos, venga arrópese un poco y salgamos y que pase lo que Dios quiera!"

Al oír a nuestra abuela y saber que nos quedábamos solos en la habitación, nos fuimos los tres a la cama de nuestra madre. Mi abuela tenía mucho arrojo para todo y se levantó en camisón, cogió la escopeta que siempre la dejaba cargada y con el seguro puesto, se terció el machete a la cintura y nos dejó a cada uno una vara de guayabo al lado de la cama y nos dijo: "¡Si alguien desconocido intenta entrar aquí cuando salgamos, denle palo sin miramiento, defiendan lo suyo hasta la muerte que no sabemos quién diablos quiere gastarnos una broma o es otra cosa, pero yo tengo que saber quien nos está jodiendo a las dos de la mañana! ¡Así que Ud., mija, ¡coja la pistola de su marido y cárguela ya, esperen que salgamos y ponen la tranca en la puerta!... ¡Venga, Rosa, venga, deje de rezar que ya sabe Dios qué hacer con todos nosotros y esos h… de p… que están allí fuera se van a enterar! Explíqueles a los niños por si pasa algo malo dónde se deben meter.

Mi madre como un resorte dejó la camándula en la mesilla y se vistió rápido. Levantó una tabla de la habitación y sacó una caja delante de todos nosotros, dejándonos sorprendidos. Dentro había una pistola muy brillante de cacha negra y le colocó varias balas. Supimos después que mi padre se la había dado y que le había enseñado a disparar cuando apenas estaba embarazada de mi hermano mayor. Sus tres hijos estábamos a su lado mudos,  pero sorprendidos de la destreza de nuestra madre, en cargar aquello que desconocíamos que lo tuviese allí escondido. Mientras lo hacía nos dijo con un gesto de silencio y muy seria: “Uds., mijitos, calladitos por esto que están viendo si no quieren que maten a las dos o nos hagan algo malo, se quedarán solitos, pero en estos casos es importante defenderse... ¡Vengan y les explico todo, ya han oído a su abuela!… ¡Y que no sepa yo que van contando por ahí que tenemos una pistola guardada en la casa, lo mismo que les voy a enseñar, que esta pistola no es como la del abuelo Abraham; que ya  conocen la gente que la tiene porque es la costumbre, pero nadie debe saber de mí, su madre, que tengo otra, porque es para defendernos estando tan lejos y el monte!”  Tanto mi madre como mi abuela nos hablaban en un hálito de voz que sólo escuchábamos nosotros.

Dicho esto y todos con ‘el pico’  callado por la sorpresa, agregó repitiendo lo de mi abuela: “Ahora mismo que salga con su abuela pongan la tranca y el pasador, si sienten voces que no sean las nuestras tocando la puerta no abran"  -Y haciéndonos levantar de la cama con otro gesto nos empujó hasta el rincón y nos enseñó  el armario, que ya conocíamos desde siempre en esa habitación y dijo: "Vengan aquí y miren lo que hago..." -abriendo la puerta del  mismo retiró unos trapos del fondo interior y levantó una trampilla de madera exactamente igual al suelo, cogida a unas cintas sobre la tarima de fondo; siempre las habíamos visto pero nunca sabíamos para que estaban allí , ni para qué servían. El armario era un trabajo muy bueno de carpintería de mi abuelo y muy sólido...- ..."Escuchen bien los tres: se meten aquí en este armario uno por uno con la tapa del fondo levantada y se dejan caer por esa tabla en forma de rampa, no teman el trayecto de bajada es de dos metros. Allí todo está muy limpio, no hay bichos y se revisa  cada semana por lo que pueda pasar, dejen que la niña sea la última para que ajuste luego la madera  levantada, ella sola cae con suavidad sin hacer ruido, porque tiene fieltro en el marco; cierren el armario desde abajo tirando de una piola que hay al final de la rampa con una anilla, verán que se sube hacia arriba otra trampilla y se ajusta al hueco como si fuese parte del suelo de la casa y de la misma madera. Está suelta y ella misma sube al tirar de la piola, cierra los dos sitios, pero vuelvan a dejar la anilla al enganche donde estaba,  pero no abre por donde han pasado desde dentro. Abajo está oscuro pero tantean con cuidado y verán que hay una palmatoria con vela y fósforos. Entra aire, no se asusten, se están calladitos eso sí, también una puerta de salida de un metro de alta, pero no la abran hasta que todo esté tranquilo y oigan voces conocidas o nuestras."... Y nos fue diciendo: el cura, el  farmacéutico, el maestro, su abuelo, su padre o nosotras, tengan los sentidos despiertos, escuchen todo..." -Y dirigiéndose a mí me besó y advirtió: “No se olvide mi chatita de la tapa del fondo del armario cuando pase con todos esos trapos viejos que tiene encima, los deja tal cual para que no se note nada"...
-A mi hermano mayor le dijo: "Cuando baje el primero coja la linterna de dinamo que está colgada al muro, la bate bien -nos indicó cómo-, así ilumina al bajar y cuando ellos bajen para que pasen con un poco de luz”... "ya abajo la apagan enseguida." ...- Y repitió: "Se quedan quietecitos que hay un banco donde sentarse, debajo de la rampa un cajón grande con un colchón donde pueden estar los tres..." "Hasta que no oigan voces conocidas no salgan, háganlo por detrás que hay una puerta pequeña y tiene una llave puesta y un pasador, para que nadie sepa o sepan lo del armario. Si empujan las plantas giran a un lado. Digan que nosotros los dejamos allí pero por el jardín, nunca deben de decir que entraron por el armario...  Si es su padre o su tía que conocen esta casa, le dicen lo ocurrido pero jamás delante de otra gente, vuestro padre con el abuelo hizo este refugio o escondite." ... "Allí dentro hay agua y algo de comida, un sitio por donde respirar, una letrina y un  orinal, papel toallas, dos cobijas y ropita vieja"... "Les entra luz por el día pero apaguen la de dentro porque se ve algo de claridad desde fuera en este sitio; entenderán entonces por qué tengo allí mismo unas repisas con enredaderas al jardín, para que tape la salida al otro lado y más plantas por el frente disimulada su puerta de madera"... "Si hacen todo esto sin chillar y callados no les pasará nada… Dios les ampara y protege, cuiden de la niña que sois unos hombrecitos valientes y buenos, pero sólo si escucháis voces extrañas en el corredor y quieran entrar acá dentro de la habitación donde están."... "Echen la cortina por delante de la puerta cuando salgamos y la tranca, para que nadie les vea con el cabo de vela encendido, así dentro de esa lata, permanezcan juntos y cerca del armario, entran calladitos.”  Nuestra madre lo dijo todo tan rápido y tan segura que lo entendimos enseguida. Mi abuela esperaba con el oído puesto sobre la puerta  y mirando hacia afuera por si divisaba algo.

Dicho esto, mi madre salió con ella quedándose al lado de la puerta mientras cerrábamos. Mis hermanos pusieron la tranca de nuevo junto con el pasador. Estábamos casi a oscuras y no había luna, temblábamos pero no decíamos nada, queríamos escuchar pero sólo se oían las pisadas de las dos marchándose y la voz de mi abuela que decía... "¡Por dios hija, qué diablos o mierda es esro que pisamos!… La luz de la vela al moverse era fantasmal por toda la habitación. Creo que fue la primera vez que mi hermano, el menor de los dos varones y el único que hablaba por los codos, se quedó mudo, terminó por orinarse en el pijama y estuvo lavándose y cambiándose sin ayuda de mi madre. Había un aguamanil dentro de la habitación y jabón "Reuter"...

 Supimos con el tiempo y con más conocimiento por qué dormíamos todos juntos en aquella habitación,  al amparo de nuestra madre y abuela. Por qué el padre adoptivo de mi madre no vivía con mi abuela, ya que no era el esposo de ella, sólo era un primo del padre de mi madre, su albacea al morir mi verdadero abuelo y Abraham, su primo había jurado hacerse cargo de mi madre y lo cumplió, aunque la dejó sin nada. Se jugo a los gallos y alas cartas las tierras, lo otra finca con casa y el ganado, pero le decíamos de todos modos...  ‘abuelo Abraham’... Era un sobreviviente de *"La Guerra de los Mil Días" en Colombia, había ido de abanderado por lo alto, pero estaba lleno de cicatrices... Siempre decía que "eran muy malos tiradores los del bando contrario"... Se estaba quedando sordo pero era un buen ebanista y carpintero y él y mi padre habían hecho esa casa, pero con dinero de mi padre que compró las tierras. Así que se tenía muy  bien preparada. Sirvió de refugio a otras personas que iban de paso.

Retomo de nuevo mis recuerdos para recordar cómo era todo en esa habitación:

Allí mismo y en el centro de la habitación, había una mesita con una jarra de agua fresca con tapa y dos vasos sobre una bandejita, tapado todo con un paño bordado. Mi abuela o mi madre siempre se encargaban de apagar la luz eléctrica, no sin antes haber encendido el candelero que tenían más a mano. A veces leíamos cuentos o nos contaban historias de la familia o anécdotas. Había un solo interruptor con un enchufe. Mi madre escuchaba música en la vieja radio, boleros, tangos, música colombiana, clásica y algunos mariachis, después de contarnos los cuentos. Nos quedábamos enseguida dormidos cuando ponía la radio. También en el resto de la casa había luz eléctrica, menos en la cocina. Apenas daba claridad el voltaje de aquél entonces que era de luz mortecina; así que las velas eran el mejor recurso porque las lámparas de keroseno se utilizaban en los corredores en días especiales; pero se dejaba siempre encendida la única bombilla con luz eléctrica que estaba a la salida del salón, en el cruce de ambos corredores. "Así podría verse desde dentro cualquier sombra que pasara..."  Para salir al patio principal y otras dependencias había que llevar de noche las lámparas de keroseno, realmente sin ellas no se veía casi nada, pues por afuera de la casa era como meterse en el mismo monte, aunque tenía una zona de descampado y un camino hasta el inodoro. En la parte libre de malezas se extendían las esteras y se secaba el café, cacao y la madera de la carpintería,  que entraba con las bestias por la puerta de trasera.

 Era una casa muy grande pero mi madre y abuela, mientras no estaba mi padre prefería que sus hijos y nietos, durmiésemos en la habitación grande dispuesta para todos y en camas individuales. Mi madre no dormía en su habitación si no estaba mi padre.  La casa estaba ubicada  en una zona no muy alejada del pueblo, cercana a la selva y la cordillera, con mucho monte cercano, potreros de ganado y cafetales, aunque tenía suficientes atalayas. Así podíamos mirar desde diferentes puntos la llegada de cualquier forastero u extraño. Había dos en los árboles más altos, a los que se llegaba con un entramado de gruesos nudos de esparto alrededor del árbol. Las había  hecho mi padre. Al final de la copa había un asidero entre las ramas para divisar toda la propiedad y los sitios más aledaños. Había un catalejo dentro de una bolsa de piel colgado a la salida del patio. El problema era el inodoro que estaba alejado de la casa y había que salir fuera de ella por el patio principal,  que lindaba con otra propiedad llena de monte y sin árboles frutales. En cambio la nuestra sí tenía  frutales en abundancia. También disfrutábamos de un cafetal a cada lado del camino interior, cacao y todo tipo de frutas incluso algunos platanales cerca del arroyo, bananas y plátano  macho y guineo. Comunicaba uno de los lados con un camino de ganado que cruzaba parte de la zona selvática;  y al fondo estaban los pastizales o potreros de ganado de los terratenientes Warney. Descendientes ricos de colonos ingleses que llevaban allí desde siempre. Considerados por todo el pueblo, temidos por los negros esclavos y admirados por la bella hacienda y propiedades, que tenían por todo el Valle del Cauca.


Vuelvo al momento en que nos quedamos solos:

Mi hermano mayor, me dijo:
“Tú, “ojosdegato” ya puedes ver en la oscuridad y decirnos por dónde nos dirigimos al armario, porque ninguno vemos como tú en la oscuridad, me da miedo encender la vela o la linterna, no sabemos que pasa ahí fuera, ¡no vienen!” (Mis hermanos tenían entonces doce y trece años)

Afuera  escuchábamos voces pero no podíamos entender qué decían al estar alejadas. Los perros ladraban. Sólo sentíamos  unos extraños ruidos y la risa de mi abuela por ratos. Escuchamos voces de los trabajadores vecinos que se habían levantado. Ellos también sintieron el estruendo. Eso nos tranquilizaba un poco, luego algunos pasos que se acercaban hasta la puerta de la habitación... Nos echamos a temblar y no sabíamos qué hacer, cogimos los palos; mi hermano mayor utilizó luna de las mirillas quitando la cuña que tapaba en la puerta. Todas las puertas tenían pequeños mirillas hechas don clavos de madera en puntos estratégicos. Se podía ver de diferentes ángulos los corredores. Yo sólo podía llegar a la primera, salvo que me pusiera en una silla alcanzaba las otras. “¿Qué pasa, ves algo?” le pregunté a mi hermano mayor… y contestó: “¡Sí, pero no sé por qué saltan y dan palos al suelo, mamá, el abuelo, los trabajadores llevan costales de yute y la mamita Elisa!”… Volví a preguntar qué más veía, pero en ese momento tocaron fuerte sobre la puerta para que abriéramos. Fue cuando mi hermano menor se orinó en los pantalones del pijama... “¡Soy yo, el abuelo, abran mijitos, no pasa nada que no se remedie, su madre y abuela les contarán!”. Fue un alivio muy grande saber que era él. Estaba también en camisón y llevaba un sombrero encima y la pistola en el cinto, como era muy alto nos asustó su imagen a pesar de conocer su voz. Y todos nos fijamos en la pistola que era la que siempre llevaba cuando salía de casa en su caballo, era más grande que la de nuestra madre.  Ella, ya se acercaba llorosa lamentando lo que había pasado. Esperábamos que nos dijera lo ocurrido. “¡Váyanse a la cama, ya está bien por hoy, mañana tenemos mucho que hacer por todas partes, ha sido una plaga de mariposas nocturnas que ha invadido el jardín, no sabemos por qué y si es sólo el nuestro, pero lo de la risa o extraña carcajada no lo entendemos y mucho menos los golpes sobre las ventanas y puertas interiores, bendito sea Dios que los animales domésticos están bien y sólo ha sido en el jardín y no en el resto de la casa, aunque algunas palomas jóvenes han muerto del susto; hemos soltado los perros en el patio de atrás, siempre avisan.”

Mi abuelo ya se quedó fuera de su habitación sentado sobre una mecedora; mi abuela se fue a hacer  café muy temprano. Ya no podía dormir, decía quejándose del mal rato, mientras iba machacando mariposas por todo el corredor. Nosotros sentíamos el sonido de sus pasos con ese pequeño ruido de globos desinflándose, porque aún aleteaban sin poder moverse del suelo. El abuelo se puso a fumar y a esperar el café. Otro tanto hizo mi abuela a la vuelta porque sentimos sus voces allí en el corredor y el olor del café y el tabaco. Allí se quedaron dormidos en las hamacas con una cobija por encima. Ya todo dentro de la habitación con nuestra madre cerca, después de tantas preguntas se quedó la casa muy apacible. Sólo recuerdo que escuchaba las oraciones de mi madre como en un murmullo, mientras  nos íbamos durmiendo.

 Al  amanecer después del desayuno, nos pasamos todo el día recogiendo enormes mariposas de color marrón, muy feas y desagradables. Las cogíamos con guantes de jardinero, algunas seguían vivas y  con las alas rotas... "Nada se podía hacer por ellas"... -decía mi madre... ¡Eran enormes! Mi abuelo antes de irse a la carpintería había hecho un gran agujero en el jardín, allí las fuimos llevando, junto con dos de los trabajadores de la casa. Mi abuela no quería sacar a las gallinas hasta que limpiásemos todo de mariposas, decía que al comérselas podrían enfermar. Lo peor fue la huerta, mi madre se lamentaba porque la mayoría de plantas de flor las habían exterminado como el resto de las plantas de la huerta, todo habían sido prácticamente destrozado en el jardín por la embestida. Pensó que era posible, que hubiesen sido atraídas por la única lámpara encendida que había en el pasillo cada noche, "pues viajan con la luna o les atrae un foco de luz."

Esa mañana ya de día, menos mal que era domingo, sólo echaron en falta a mis hermanos en la iglesia. Hacían de acólitos en las misas. Así que nos les dieron los dos centavos, que les daba el señor cura y unos caramelos. Mi abuela les premiaría con otras cosas que ella misma hacía y que nos hacían de relamernos de gusto: sus natillas, dulces de leche, empanadas de cambray, envueltos y aborrajados con arroz.

Muchas cosas nos pasaron en aquella casa,  pero lo de las mariposas por no saber qué era en realidad no sólo el ruido que armaron, sino esa gran carcajada que nunca tuvo para todos una explicación coherente, porque fue en realidad la que siguió a la embestida de las mariposas y la que realmente nos asustó. Las visiones, los espantos y duendes que aparecían por allí se quedaron en un segundo término, porque todos estábamos acostumbrados a ello… ¡Realmente fue espeluznante!


 
Elisa
 12/01/10
*“El tamaño de las mariposas nocturnas, medido de la punta de un ala a la otra, oscila entre dos o tres milímetros y 27 centímetros o más” (Y estas que digo eran de las más grandes.)

*"La Guerra de los Mil Días" en Colombia, duró precisamente mil días o tres años, y ocurrió en Colombia, mientras gobernaba ese estado el anciano presidente conservador Manuel Antonio Sanclemente, de 85 años de edad. Éste gobernó en forma demasiado autoritaria, entre 1888 y 1900, en medio de una crisis económica creciente..."
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