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miércoles, 9 de septiembre de 2009

LOS MIRLOS VOLVIERON A CANTAR

El camino se cortaba por momentos. Teresa, no dejaba de mirar de vez en cuando el bolso que llevaba debajo del brazo, acomodándoselo sobre el hombro. Parecía que lo apretaba contra ella con gran cuidado cuando avanzaba, quizá porque la correa que lo mantenía colgado a su hombro se escurría continuamente del mismo.

Juan, seguía detrás de ella y observaba sus movimientos sin decir nada. Apenas cruzaban palabras, los dos parecían que estaban distanciados y el dejaba que fuese por delante. Ella, no dejaba de hacer el mismo gesto con la mano que no sotenía el bolso, tirando de la correa bandolera y acomodándolo de nuevo sobre el hombro. El, hasta sentía deseos de llevarlo para evitar ver el movimiento de su mano colocándoselo de nuevo.

Era primavera y el paseo de vuelta de la joven pareja lo hacían en silencio, en otras ocasiones siempre habían vuelto abrazados. Habían escogido el camino más largo que llevaba hasta al pueblo, pero precisamente el que mejores vistas ofrecía desde el otro lado del río, sólo que esta vez ninguno de los dos se detenía a mirar el paisaje.

Los recios pasos del joven se sentían sobre el camino, los de ella apenas se notaban levemente sobre la tierra húmeda. La lluvia no cesaba de caer pero tampoco esto parecía que les importase a pesar de ir completamente empapados. La tarde era triste y los mirlos tan abundantes por aquellos campos habían dejado de cantar. Los ojos de Teresa también dejaban asomar algunas lágrimas que corrían por su rostro y se confundían con la llovizna. Ninguno rompía el silencio, sólo caminaban uno detrás del otro. Juan le seguía con las manos en los bolsillos y el cigarrillo en los labios, parecía que el gesto adusto le hubiese marcado el rostro para siempre. Ella, estaba muy pálida, sus grandes ojeras delataban noches de insomnio.

Los dos jóvenes vivían juntos y llevaban como pareja desde hacía unos cinco años. Todo había parecido perfecto hasta dos semanas antes. Ella supo que su compañero tenía otra amiga muy joven, dos agnos menos que ella con la que se entendía y se encontraba en el pueblo; se lo había dicho el mismo Juan completamente borracho...¡El muy cínico había sido capaz...! No podría haber sido de otra forma, necesitaba hacerlo con unas copas encima y de esa manera... No soportaba su infedelidad, comprendía el dagno que le estaba haciendo. Desde entonces, ella, no vivía ni era la misma, todo su mundo se había venido abajo.

El camino tenía un recodo donde estaba el puente, desde allí se divisaba el caserío. Acababan de pasar por un lado del camino que llevaba a la vieja casona derruida y abandonada que había al otro lado del río, la que conocían desde niños. Qué tiempos aquellos cuando aún se amaban con todo el candor del mundo. Había sido todo inútil para Juan intentando convencer la diciéndole que dejaría a esa chica, pues ella era y seguiría siendo el único amor de su vida.

El joven se retraso para encender otro cigarrillo y lo dejo de nuevo en sus labios, metiéndose las manos en los bolsillos mientras la seguía; intentó a largas zancada alcanzar a Teresa, que de vez en cuando se daba la vuelta y lo miraba, nerviosa o asustada… El joven sabía que el golpe había sido terrible para ella, comprendía como se sentiría y no deseaba por el momento volverle a hablar; estaba triste, despechada, preocupada y su amargura era cada vez mayor, seguro que él mismo no hubiese soportado tanto despecho y dolor. Y la situación creada entre ambos por su culpa era insoportable, apenas cruzaban palabras desde hacía días, comprobaba que todo el amor entre los dos se derrumbaba delante de ellos y no lo podía soportar... “Te iba a costar muy caro…” - le dijo ella. ¡Ya lo era, Dios mío!, ¿cómo recuperarla? -Pensaba el joven mientras seguía observando sus movimientos.

El puente estaba allí delante y la tarde se iba despejando para enseñar los últimos rayos de sol. Juan, apuró los pasos y se colocó al lado de la joven. El sonido del río llegaba cada vez más claro. Ella se dio la vuelta y lo miro muy nerviosa, el bolso seguía resbalándose de su hombro y el joven evitó que no sucediera sujetándolo con su mano, luego con un gesto rápido cogió el rostro de Teresa con sus manos e hizo que ésta lo mirase, quería besarla pero ella se revolvió esquivándolo y con un ademán brusco le retiró las manos y siguió andando. El joven compañero comprobaba que era inúti y el dolor del rechazo mucho más. El daño causado era su muerte en vida o la muerte de ambos. Ya nada cambiaría, no podrían seguir así y aguantar tanto, su error no tenía arreglo. Comprobaba cada día como ella había adelgazado, no comía ni dormía y se había distanciado totalmente, su rostro enigmático, frío y despreciativo era difícil de aguantar, tanto que, pensar en ello hizo que no pudiese frenar un sollozo que sacudiría como nunca su cuerpo, deseó morir en ese mismo instante; no entendía cómo podía el amor convertirse en algo tan terrible, y menos en ella que siempre estaba sonriéndole.

La joven se había adelantado de nuevo y Juan decidió apurar el paso y, sin perder la esperanza le siguió a corta distancia hasta llegar al puente, donde ella se detuvo antes de llegar él. Teresa volvió la cabeza y se aseguró que Juán se acercaba. Esas miradas de ella confundían a Juan dándole esperanza para una reconciliación. Teresa sí había sentido su sollozo pero sabía que no era suficiente su dolor, porque el suyo era mucho peor y no podría entender jamás, cuánto ella lo amaba y lo odiaba al mismo tiempo por haberla engañado. “No valía la pena vivir así”- se decía una y otra vez intentado no llorar más.

El, se puso a su altura, ya estaban en el puente y se adelantó pasando por delante de ella hasta el saliente del barranco. Y de espaldas a su joven compañera intentando no derrumbarse de nuevo, suspiró profundamente, lo necesitaba; sacando las manos de los bolsillos y alzando hacia arriba los brazos, dijo en voz alta:
“¿Teresa, mira qué maravilloso atardecer, recuerdas qué tardes y cuántas veces hemos disfrutado de estos momentos aquí mismo?”

Parecía que sus palabras eran una nueva invitación a esa reconciliación tan esperada, pero no tuvieron ningún eco. Teresa había dejado el bolso en el suelo y estaba de espaldas a Juan, parecía desentenderse de lo que le decía o no escucharlo. Este quería volver a hablar de nuevo, lo necesitaba, no podría terminar todo así, preferiría morir si ella no lo perdonaba. Por eso fueron a la casa abandonada donde se habían conocido una tarde, cuando aún eran niños y jugaban por los alrededores mientras sus padres conversaban sentados en el prado cercano. Allí se besaron por primera vez y juraron no separarse nunca.

Para Teresa, Juan, lo era todo desde entonces. Le hubiese gustado haberle dado un hijo pero no podía y esto le atormentaba, había sido uno de sus sueños compartidos. No podía creer aún lo que estaba pasando a sus vidas. Todas las promesas rotas, su amor hecho añicos, no entendían ninguno de los dos nada porque Juan tampoco le daba una explicación clara. No deseaba vivir más, para qué con ese estigma que había acabado con todo lo bueno que compartían, cómo seguir viviendo con ello de nuevo y juntos, ya nada podría ser como antes; estaba todo dicho, acabado, deshecho, lo único hermoso que tenían desde su niñez era él, su Juan... ¡y le había fallado! Cómo seguir? –Se preguntaba a sí misma mientras todo su cuerpo se estremecía reprimiendo un sollozo, no quería que él se diera la vuelta y verle el rostro, su amado rostro, no, tenía que estar de espaldas a ella cuando...

El rumor del río parecía aún más fuerte que otras veces, la tarde clareaba y los mirlos cantaban abajo entre los arbustos de las riberas. El puente había sido un lugar de muchos encuentros y ninguno de los dos podrían olvidarlo en esos momentos. Juan volvió a hablar sin volverse para mirar a Teresa, no podría volver a mirarla más, no aguantaba su mirada. Se reprochaba con dolor el daño que había causado a lo más sagrado de su vida, pero aún conservaba una débil esperanza y lo intentaría mientras durase. Esperaba que ella lo llamase a sus brazos, lo necesitaba en ese momento cuando lo único que le separaba de ella era el abismo... y, s´öp ella podría evitarlo...

El puente representaba parte de sus vidas, su niñez, los encuentros su adolescencia, sus juramentos, todo.

“¿Sabes?”- dijo de nuevo el joven en voz alta y el eco dejaba llevar su voz resonando por todo el vacío de la hondonada, tratando que tanta frialdad se rompiera y ella dijese algo más que rompiera el silencio y fuesen lágrimas de felicidad, abrazándose de nuevo.

-Teresa se había agachado y buscaba algo en su bolso. Juán seguía de espaldas a ella.
“¡Qué!” –contestó Teresa con sequedad.

Deseaba que ella entendiese su locura con esa joven del pueblo, explicarle todo, y el porque deseaba tener un hijo, un hijo que fuera suyo que nunca su amada Teresa podría darle. Y ahora estaba con ella intentando conseguir de nuevo su amor cuando siempre le había pertenecido. La única mujer que realmente amaba y había roto su corazón por una insensatez imperdonable, cuando en realidad era también su corazón que se hacía igualmente pedazos; y ahora estaban allí los dos, precisamente en ese lugar mágico donde tantas veces se habían besado y acariciado, donde tantos ´te quiero´´había repetido el eco...

“¿Sabes?”- Repitió de nuevo el joven aún de espaldas, sin volverse a mirar a Teresa que seguía a sus espaldas... “¡Te amo, Teresa, te amo, perdóname por favor, perdóname, no quiero más que tú perdón, y vivir y envejecer a tu lado aunque no me quieras!”

El paisaje del atardecer era inolvidable, la lluvia había dejado de caer y el Arco Iris desplegaba en el fondo del río sus colores sobre el monte, haciendo aún más bello el momento, esos momentos tantas veces disfrutados por los dos jóvenes y, Juan, no quería olvidarlos nunca; estaba seguro que su amada Teresa, tampoco. Eran momentos que les pertenecían.

Su compañera, tras el, seguía lo mismo, en silencio sin contestarle, se había estremecido de nuevo con las últimas palabras de Juan, mientras volvía a depositar el bolso en el suelo. Sabía lo que deseaban en ese mismo momento el y ella también, así lo habían planificado desde niños si alguno de los dos fallaba, así lo querían y lo sabían ambos.

Juan seguía de espaldas a ella pensando de nuevo en lo que iba a decir, no sabía cómo empezar pero esos momentos también significaban mucho para el, no podía quedarse sin su amada, no podía perderla para siempre. Fue por un instante que se volvió a hacer silencio. El río allá abajo del puente sonaba chocando entre las piedras, llevando su caudal hasta el valle. La tarde era un delirio en colores de despedidas, el joven pensaba en las tantas veces que los dos se habían besado antes de volver al pueblo, precisamente contemplando aquel paisaje. Emocionado por tantos recuerdos quiso romper de nuevo el silencio impuesto por su compañera y, aún de espaldas a ella y señalando el río, dijo:
“¡Mira, es una imagen única, preciosa! - No pudo terminar la frase, había vuelto a romper de nuevo en sollozos para finalizar... "¡Oh, Dios mío, cómo podemos olvidar esto, qué te he hecho mi amor, qué te he hecho!”

Ella, por detrás y a pocos pasos de Juan, se acercaba; él la presentía deseoso… Pero ella había extraído de su bolso una pequeña pistola y la levantó justamente entre los omóplatos del joven y contestó:
“Sí, Juan, sí, es lo único bello que nos mantuvo unidos como el amor hasta este momento; y lo único que dejaremos de contemplar desde ahora, ¡es nuestro para toda la eternidad no lo dudes, así estaba pensado!”.
-Juan quiso volverse al sentir que algo se apoyaba sobre su espalda con fuerza, aunque sabía lo que les iba a ocurrir, pero tan sólo alcanzó a darse la vuelta y mirar por unos segundos su bello rostro desencajado y con los ojos abiertos, unos segundos tan sólo para sentir la enorme sorpresa que suponía sentir lo que acababa de ver en el rostro de su amada..., con la pistola aún humeante en su mano, ella abrió los ojos y lo miraba como antes, como siempre lo había mirado... Teresa había apretado el gatillo unos segundos antes. El disparo fue certero dando de lleno en el cuerpo del joven que se tambaleó por un instante, mientras giraba para mirarla y fijaba sus ojos frente a los de ella, para luego caer precipitándose desde lo alto del barranco al río. Su joven compañera aún con el arma en la mano, hubiese deseado no ver el rostro de su Juan, mientras caía de espaldas, descendiendo frente a ella mirándola por última vez, hasta estrellarse contra la pedregosa corriente. Así que no dudó un instante y volvió el arma hacia sí, la introdujo en su boca y teniendo cuidado de hacerse en el mismo sitio que había ocupado Juan, disparó.


Todos los mirlos del cercano monte habían volado asustados unos segundos antes. Las últimas luces del ocaso se fundían con ellos en el paisaje. Dos cuerpos yacían juntos en el río para siempre. Los mirlos volvieron. Abajo en las riberas el sudario de la noche envolvió poco a poco el paisaje y los mirlos volvieron a cantar como cada noche en primavera.


Autora: A.Elisa Lattke Valencia.
2006
(Es un viejo relato que tenía en un cajón. Siento mucho que sea tan manido o malo, pero fue extraído de algo real)
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La vida se dilata al compás de mis sanas ideas, que me empujan a favor del viento de mi tiempo; quiero vivir sin miedo de echar a volar mis pensamientos, ideas con alas y, saber como acaricio el aire de libertad honesta clara y alegre, sobre las nubes de mis sueños. (Su autora en: "El Ruisegnor")

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