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sábado, 19 de diciembre de 2009

En el silencio de una lágrima



En la humedad silenciosa de una lágrima cabe todo. Es como una lupa.
Se miran los detalles habituales, el perfil de las palabras que no se dicen, los gestos que creemos ocultos de las miradas,  pero sabemos que hay cosas visibles que no ocultan el sentido común. Sabemos que en cualquier momento vamos a andar desnudos delante de quienes nos observan, pero seguimos con nuestros pasos cansinos y nuestras cosas.

En el silencio de una lágrima puedo leer el futuro. No es fácil pensar que podemos dejar por la vida alguna huella. Tal vez  sí, pero no  de las que hablo. Hay siempre un yo indigente en cada esquina vacía de nuestra realidad, construida con mucho trabajo; un yo indigente en los poemas donde desnacemos y la vida se hace crisálida envolviéndose en los versos cada día. Y cuando menos lo piensas todos ellos vuelan  sin eternidad terrena, porque eres sólo una pequeña mota de polvo con una pizca de magia, que le dio un buen día por ser luciérnaga de noche. Algo divierte al tiempo que nos mira con cierta conmiseración.

Cuando eriges el propio templo interior sobre tu vieja catedral, es obvio que se destruye parte del anterior, pero aunque así sea, sus ruinas son sagradas y rindes culto a los recuerdos y las presencias que te acompañan. Ya no te dicen nada porque siguen otro camino o porque no marchan a la par de las mismas vibraciones sensibles, ni en los latidos de un mismo corazón. Te comprenden pero no te entienden este afán de sentir con la palabra. Sólo has sido el medio para catapultar sus vidas. La vida nos ha trucado los sueños para sobrevivir con lo que tenemos alrededor, pero nosotros nos empeñamos en recorrer estancias de pensamientos y escondernos en alguna de ellas, como en una pensión  vacía, donde sólo hubiese una sola habitación donde acudimos cada día atraídos por su hechizo, tal vez esperando la compañía de un pensamiento que nos abrace.

Hay catedrales en cuyo altar nos arrodillados con fervor de creyentes, quedándonos extasiados ante la imagen interior y siempre en oración. Acudimos casi siempre y nos persignamos al llegar, encendemos una lámpara y nuestras estatuas a las cuales rezamos, no son de barro corriente, están hechas del amor que nos embarga y tienen alas de verdad, porque nos llevan con ellas abstrayéndonos del mundo .  Hay siempre una escudilla vacía que se pasea por nuestro  'templo improvisado' de manos del silencio. En completo recogimiento esperamos que llegue a nosotros; sólo se sienten los pasos del amor.... y la vida pasa por nuestro lado, mientras vamos escribiendo versos para ella, haciendo poemas y dejándonos la escudilla llena de ausencias con su mano tendida, porque sólo echamos palabras como sueños. La caridad de un pensamiento basta para que se llene con su óbolo, mientras un ciego sentimiento avanza por la nave central  dando sus palos de ciego... La humedad silenciosa camina igualmente a su lado, enjugándose el rostro acostumbrado a su escudilla de vacíos. El ciego sentimiento llora. Le desciende una tibia lágrima y tropieza con sus labios bebiéndose la sal de cada verso.

La catedral no se cierra  porque Dios sigue dentro leyendo poemas...


Elisa.
Foto de Elisa Lattke
Nov-09

2 comentarios:

  1. Hay tanto que decir mi querida Elisa, a mi me gusta sobremanera la forma en que lo haces.

    Tengo un poema que se llama "Catedrales en los ojos"

    Cada una a su modo habla en el mismo idioma.

    Beso

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  2. Sí,amiga, es así. Todo está guardado en esta Caja del cerebro como un tesoro. Tenemos el privilegio de tener alguna clave y dejar que salga fuera un poco de su contenido. Todas las formas de decir las mismas cosas depedenden de nuestras vivencias, sumisos a la palabra pero exaltados con el verso. Somos de la vida sólo unos viajeros que se sientan un rato a conversar con sus propios pensamientos, mientras comen de su propio pan y beben del amor que les rodea.Pero eso sí, auténticos y originales...¡Menuda cajita de los tesoros nos ilumina ¡Bendito sea Dios!

    Un abrazo. Te quiere, la ranita Azul.

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