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lunes, 7 de marzo de 2011

"El banco de la paciencia"


Cuando se tienen años se va cansado y se está cansado en esa espera y siempre recurrimos simbólicamente "al banco de la paciencia..."


El "banco de la paciencia" es un término marítimo que se refiere según el RAE "al espacio que hay y media, en la cubierta superior de los buques, desde el palo mayor hasta la popa o hasta la toldilla, si la hay". Aunque la expresión  tiene su propio significado y el lugar de asiento para tener paciencia puede ser de cualquier material, como representación perceptible de una realidad física y espiritual en la que se halla una persona. Lo más ajustado a la expresión utilizada es "padecer estoicamente algún contratiempo", como por ejemplo cuando se dice: "Con eso de mi trabajo llevo más de un año en el banco de la paciencia"

En mi hogar de la infancia  normalmente eran de piedra. Era un rito sentarse en uno de los que habían tanto en el jardín como en los patios pero solían estar al sol. Mi segundo abuelo, Abraham, que era entre otros oficios carpintero se encargaba de hacerlos también de madera alrededor de algunos árboles, para aprovechar  su fronda fresca en los veranos, pero no eran "los de la paciencia" porque se utilizaban  para las tertulias, leer o esperar a alguien. Los de piedra estaban en puntos estratégicos alrededor de nuestra propiedad.

De niña  escuchaba esta expresión de vez en cuando y no entendía realmente  dónde se encontraba tal banco y quién era "doña paciencia" porque así la nombraba mi abuela, aunque siempre decía que el mejor era de piedra. Así que me propuse a saber por qué se la nombrabaasí y quién era "la doña"... y qué era lo que pasaba cuando ella se sentaba. Así que me dio por preguntarle a "mi maga" dónde podría hallar alguna 'paciencia' para que se sentara en el banco, porque tampoco entendía por qué lo hacía; quería que me  lo explicaran si era algo importante pues necesitaba hacer lo mismo, sentarme en uno y saber lo que pasaba. "Mi maga", era mi abuela materna y así la llamaba cuando solucionaba un problema o salíamos de un aprieto. Cuando se lo conté se echó a reír.

-¡Venga, maga!, tú sabes de esas cosas y si los bancos de piedra son mágicos podemos saber muchas más cosas, por eso quiero que traigamos 'una paciencia' a casa para que se siente o busquemos los de verdad
"Si ya tenemos unos en el patio y el jardín y la paciencia es estar pensando qué vamos hacer o,  tranquilos y sin enfadarse hay otra cosa mejor que hacer", -me contestaría mi abuela pero no terminaba de entender el por qué y para qué servía.

Recuerdo que una vez sin parar de reír buscó algunas cosas y las guardó en su escarcela, y dándole un ritmo rápido a su andar me indicó que la siguiera, no sin antes decirle a mi madre que se iba conmigo a los saltos. Tan pronto como cruzamos el cafetal lleno de bucares, cogió dos varas de guayabo nudosas, largas, finas y secas. Para mí ese gesto era importante porque significaba  ir más allá de los potreros de ganado, pasar por terrenos sembrados de caña de azúcar y cruzar al otro lado del río. Caminaba rápido y segura y mis piernas siempre intentaban estar a la altura de sus pasos dando saltos, por eso también medecían  "ranita". Los palos servían siempre para cruzar las ciénegas y las grietas o desniveles de los terrenos para bajar más rápido, pero esta vez íbamos a saltar por encima de donde podrían estar los caimanes, con un simple salto de garrocha por encima de ellos; pero era la forma más segura de llegar antes y volver a la hora de la comida, a las cinco de la tarde. Ella siempre se levantaba muy temprano para hacer el desayuno y las dos comidas del día, después sacaba a los animales y aves de los cobertizos y los gallineros, mientras mi madre ordeñaba alguna vaca y le echaba la comida a todos los animales. Mis hermanos por entonces ya estaban en la escuela y, yo, tendría cinco a seis años pero ya mi madre me había enseñado el abecedario, sabía juntar las letras y conocía los número y leía un poco. Así que cuando pasamos  por las ciénegas  leí en voz alta... "que estaba prohibido y era peligroso", pero ella me dijo que le acompañaba su amuleto y que los palos que llevábamos eran la mejor arma, junto al machete que siempre llevaba colgado a la cintura.

No era la primera vez que habíamos pasado por ahí, también lo hacían mis hermanos y lo habían aprendido de "la maga", contrariando los deseos  y advertencias de mi madre que jamás se atrevió a hacerlo; así que estaba segura de que yo lo haría perfectamente saltando por encima de la piedra que sobresalía a la mitad del canal y estaba en medio del ancho más estrecho de la ciénega por esa parte. No era difícil si se cogía el impulso correcto hacia la otra orilla, eran tres metros de ancho por ese lado, aunque mis hermanos saltaban más. Así que lo hicimos. Ella pasó primero al otro lado y me ató una cuerda a la cintura por si me caía al fangoso lugar, donde ni se sabía exactamente la profundidad que tenía, pero ese lado lo conocía la mayoría de la gente aunque habían tramos con más agua que barro, ni siquiera las bestias se atrevían a pasar de un lado a otro. La cuerda la ató a un árbol de  guamo que estaba a la orilla antes de que saltara, así que cogí impulso y metiendo el palo en el mismo lugar que ella  me había indicado, me pareció que volase por encima del agua hasta caer a su lado estando atenta a recibirme; tan pronto como puse el pie en tierra se movieron las piedras que estaban cerca, eran dos caimanes llenos de barro seco que se vieron sorprendidos por el ruido. Mi abuela, raspando el lomo de la peinilla sobre una piedra, hizo que se fuesen hacia el barrizal.

Ya en el otro lado caminamos hacia un claro en un alto donde se divisaba el paisaje del valle y  detrás de nosotras, se sentían los saltos del torrente caer en cascada, venían de lo alto de la cordillera. El río se veía pequeño desde ese lugar y me invitó a observar sentada a su lado.  Encendió con un fósforo uno de sus tabacos torcidos y dando unas cuantas bocanadas de humo, miro a su alrededor para asegurarse de que nada nos molestaría. Desde allí podíamos ver el cañaveral que  bordeaba la ciénega y se escuchaban los cantos de los pájaros, más allá a nuestras espaldas se sentía como bajaba estrepitosamente las aguas del río; al otro lado se alcanzaba a ver el camino que habíamos tomado para salir del pueblo sin pasar por el puente donde se juntaban las aguas de las ciénegas con el río. Ella sabía que todo lo observaba desde esa perspectiva porque me lo había enseñado, sin dejar de mirar los alrededores más cercanos a nuestros pies por si se arrastraban culebras y lagartos o alguno que otro armadillo. Sabía que si no se molestaba a las primeras no teníamos por qué temerlas. Estábamos sudorosas de andar un largo rato pero no estaba cansada, si inquieta esperando ver "la piedra de la paciencia"...  y pensaba que podría ser donde nos hallábamos, -¿pero dónde esta ella, la paciencia?... me seguía preguntando- sin entender por qué me había llevado hasta ahí. Ella sabía lo que estaba pensando mientras terminaba su cigarro, dándole chupaditas cortas y de  vez en cuando me acariciaba el cabello. Su piel oscura me parecía preciosa y su forma de mirarme me sacudía interiormente. Guardó la mitad de su cigarro después de apagarlo sobre la piedra donde estábamos sentadas. Se levantó  un momento y atando el machete a un extremo del palo, se acercó a los guamos que llenaban el paraje y cortó algunos frutos  que estaban maduros. No habíamos llevado agua en la tutuma como algunas veces y  la pulpa blanda y jugosa nos quitó la sed. A Ella, el amargor que da el ambil del tabaco, decía mientras lo escupía antes de comerla.

Ahora, "ranita", bajaremos hacia el pueblo, pero en esos platanales del fondo hay un camino que nos lleva de nuevo a casa por la parte trasera, así que nos iremos a campo través porque así llegamos a tiempo de la comida, pero sin pasar de nuevo por las ciénegas; dicho esto se puso de pie para leer en su propia sombra el tiempo que faltaba para llegar puntuales a la hora de la comida. Pero yo estaba impaciente por saber lo que nos había llevado a ese lugar, supuestamente  ella iba a enseñarme dónde estaba "la piedra de la paciencia".

Bajamos la ladera de las estribaciones montañosas, hasta el camino que había señalado antes de llegar al pueblo. Cruzamos una estrecha vereda entre matorrales y plantas espinosas de piñuelas aún sazonándose al sol,  vimos un rancho de bajareque y techo de paja; en la puerta del mismo estaba sentado sobre un banco un anciano de piel muy oscura, más que la de mi abuela. Ella sacó de su delantal una rama de romero y albahaca que restregó con sus dos manos en el aire, mientras me pedía que guardase silencio con uno de sus típicos gestos y que sostuviese su palo. El anciano se levantó de inmediato olisqueando el aire y moviendo la cabeza de un lado a otro y sonriendo... "Mi maga" restregaba entre sus manos las dos yerbas mientras las dejaba caer desde lo alto al suelo y el hombre dijo en voz alta su nombre... "¡Elisa!", mientras se ponía en pie y cogía un palo que tenía a su lado para sostenerse. Sus rodillas parecían temblar al peso de su delgado cuerpo. Mi abuela me indicó con otro gesto que estaba ciego y en el aroma de las yerbas la había reconocido. Me pareció mágico. Ella se apresuró a sacar de su mochila un atadillo envuelto en hojas de plátano y otro más envuelto en hojas de choclo para dárselo, lo colocó encima del escalón, al ver que se acercaba el hombre viejo; parecía muy feliz y casi se le llenaban los ojos de lágrimas intentando dar unos pasos hacia ella. Subió el escalón que le separaba hasta llegar a él bajo el pequeño alero o saliente de paja en forma de porche, el cual se sostenía con dos palos sobre una plataforma para evitar el rigor del sol a la salida del bohío. Él, la recibió alargando igualmente sus brazos esperando con sus manos, mientras ella lo hacía con los suyos y cogía sus manos saludándose como era la costumbre entre los descendientes de esclavos...

"¡Qué, Genaro, qué hubo de tu vida, cómo te va, mis manos en las suyas, hermao!"
-A lo que él contesto ...
"¡ Y las del buen Dios en medio, bendito momento que me regalas Elisa!, no sólo te reconozco en el aroma de las yerbas, también hueles a tabaco  y a esos ricos envueltos que haces de maíz con queso, cuánto te agradezco que no te olvides de nosotros; percibo en el aire olor a tórtola asoleada, es seguro que traes a la nieta. Mi hija anda lavando ropa en el río y yo, ya sabes no puedo hacer gran cosa, siempre estoy en "el banco de doña paciencia" hasta que el Hacedor crea conveniente llevarme, pero hoy desde luego que no, se ve que debo vivir y agradecer tu visita, como también fumarme un tabaquito esta noche, después de tomarme un tazón de agua de panela caliente con un envuelto de queso, ¡bendito sea Dios por tu generosidad!" 


Claro que había escuchado de nuevo decir lo del "banco de la paciencia"  y mi abuela lo sabía porque me miraba sonriente. Esa tarde de vuelta a la casa supe a qué se le llamaba así y para qué era lo que esto significaba, entonces comprendí... Me explicó "mi maga" que el anciano Genaro cuando era joven había sido esclavo como mi bisabuela y rondaba los cien años. Ese banco de piedra se lo subieron en mulas hasta la casa desde una cantera cercana, por mi  abuelo Juan de Dios y dos trabajadores más de la finca donde también el hombre había trabajado de capataz. Sobre el mismo banco habían colocado un relleno de paja enfundado para que estuviese algo mullido al sentarse. Durante las noches de calor servía al anciano de catre de descanso. Mi abuela que era viuda había prometido a su esposo que nunca le faltaría de comer mientras viviese, por eso su hija iba a nuestra finquita a por leche recien ordeñada, plátanos, yucas y fruta, de vez en cuando mi abuela le regalaba semientes o una gallina y sino, pichones de paloma para caldos.

Por eso hoy al recordar estos momentos de mi infancia me digo:
¡Ay, cuando éramos...!
Ocupábamos los instantes cuando nos cruzaban por el pecho, reconstruíamos el bosque interior con una sonrisa y guardábamos un pez rojo en el bolsillo...
 -Quizá esto sea la infancia. Todo eso podría hacerse sin cargarse la frente de preguntas.

Pero en este invierno me he sentido pasajera, sentada en un duro "banco de paciencia", soy una más de tantos que a pesar de disfrutar de buena vista y otras ventajas, debo buscar el apoyo de una rama seca de guayabo..., tal vez deseando 'volar por encima de tanto barro lleno de peligros..., pero ya debe ser de otra forma  ese paso hacia la otra orilla donde ya me espera no sólo ella y sí casi todos los míos...
Una dura y flexible rama de guayabo, un símbolo de la naturaleza en qué apoyarme espiritualmente. Y sé que me voy dejando sombras de palabras alrededor de la vida, para saber leer el tiempo de cada día y ser feliz; me basta el sonido de una guitarra o alguna sonata mirando las estrellas desde el porche de mi corazón. Pero sé que a veces percibo aromas... Otras de antaño y de ahora, las yerbas salvajes de la selva y el olor del mar...

Ta vez también necesite un buen palo para apoyarme en el y saltar al otro lado de la ciénega, segura de sentir otros  brazos esperándome pero aún espero un poco más sentir la generosa tierra bajo mis pies en la otra orilla, sin que los caimanes se despierten... ¡Y no me importaría fumarme un tabaquito...! eso sí "con el rabo torcido" y sentir ese ambil que decía "mi maga".


*Según dicen, el "ambil" cura el cuerpo y aviva y purifica la mente. >Leer aquí cómo se prepara el tabaco en América colombina. Pero esta elaboración es casera. 




A. Elisa Lattke V
Planta de tabaco

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