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viernes, 28 de noviembre de 2014

El gran vigía (relato)



Imagen tomada de Internet
Enlace: (http://welcometotarifa.files.wordpress.com/2012/06/img_44251.jpg)


Contra viento y marea, como se dice, pero había que volver a pisar la arena de sus playas y reconocer de nuevo al ‘Viejo Vigía’ siempre atento y con su erguida figura ante a las costas de Tarifa. Allí seguía sobre un alto rocoso de la ensenada, la que se prolonga más allá de toda la costa a un lado y a otro desde donde domina el entorno. El mar en estrecha fusión con su oleaje lo abraza a diario, unas veces apacible, otras furioso, pero allí está atento con su único huésped en su interior que sabe cómo mantener su 'ojo avizor' bien atento. El único que permanece cada noche con su luz salvadora para tantas embarcaciones que temerariamente se acercan desafiando el peligro de sus costas, bordeando los arrecifes de sus fondos y, algunas, encallando inevitablemente. Pero Manuel, el farero, siempre ha avisado por radio a la Comandancia de Marina y enseguida ha conseguido favorecer a los confiados navegantes. En ocasiones ha tenido que albergar durante el invierno a unos cuantos náufragos ateridos que demandaban ayuda o un cálido sitio donde pasar la noche y tomar algo caliente. Para eso también estaba el abuelo y Anú, quien escuchaba a su madre maravillado, y deseaba conocer a ese abuelo con toda el alma porque había aprendido a amarle a través de todo lo que su madre le contaba.

Había pasado más de una década sin volver a Tarifa pero ese día era especial para Ámbar y Anú; ambos iban a ver a Manuel Zarasti Pliego, padre de Ámbar y abuelo del muchacho. Años atrás ella no pudo sobreponerse a la muerte de su madre y abandonó a su padre llena de dolor; no quería seguir viviendo en ese sitio tan aislado el resto de su vida, no quería terminar como su madre, arrancando percebes de las rocas. Era un trabajo muy duro y el producto era parte de la economía de su familia. Así, ella había podido estudiar e iniciar una carrera con lo que ahorraba su madre desde que se casó con su padre y se fueron a vivir al faro. No olvidaba cómo cayó por el acantilado ante su presencia y ella no pudo hacer nada. Su madre intentaba salvar el marisco que recogía adherido a las rocas cuando bajaba atada a unas cuerdas, aprovechando que el mar se retiraba, y separaba los percebes de las rocas introduciéndoles en una canastilla; pero los continuos golpes de las olas y el ajuste del enganche a su cintura tantas veces utilizado, se rompió. Su padre en medio del dolor no frenó su deseo de marcharse lejos y entendió que ella ya sabía lo que hacía y necesitó durante un tiempo estar a solas consigo misma y lejos del faro;, así que aprovecho la barca que les traía las provisiones por mar y se fue al otro lado con un familiar de su madre. Ahora volvía con un hijo y no sabía cómo su padre los acogería durante un tiempo y en qué situación se encontraba, porque sólo de vez en cuando escuchaba su voz a través de la radio. Seguro que la soledad y los años lo habían marcado tanto como a ella el sufrimiento y la pérdida de los seres queridos en tan poco tiempo, pero sabía por su voz que estaba viva hasta que pudo seguir en contacto con él, antes de que las revueltas civiles empezaran en Agadir. No quería que su hijo ignorara las pocas raíces que ya le quedaban de su vida, después de la muerte de su padre con toda su familia. Quizá Anú también se convertiría en farero...

A medida que se acercaban el corazón de Ámbar parecía que se iba a salir de su pecho. Anú, que conocía a su madre, apretaba su mano con fuerza y los dos se miraban y sonreían esperanzados al ver que culminaban por fin la meta que se propusieron. El adolescente con cara de niño besaba las manos de su madre lleno de dicha al divisar más de cerca la gran mole alzada sobre un montículo. Recordaba las tantísimas veces que ella hablaba de “El Gran Vigía” y cómo hablaba de su abuelo con lágrimas en sus ojos, igual que del mar que los esperaba. Estaban seguros de que los acogería feliz y daría la tranquilidad que necesitaban, llevaban mucho tiempo esperando ese momento después de un largo mes de penurias a través del desierto, llenos de terror a cada paso; además, había aprendido a amar a su abuelo por todo lo que su madre contaba, necesitaba conocer al único familiar que le quedaba después de su madre, a sus catorce años. Atrás se quedaba el dolor aunque llevasen una parte del mismo en su corazón que nunca olvidaría, como la difícil huida entre tantos sobresaltos por las noches, y las largas caminatas a través de las dunas, el calor, la sed, el polvo, el hambre, los escorpiones y serpientes; las noches llenas de frío pegados el uno al otro para soportarlo. Gracias a la ayuda de un Amir, amigo de su padre, pudieron escapar. Se encargaba de limpiar las zonas donde pernoctaban para no dejar rastro. Recordaba los gritos de sus primas de su misma edad y de su tía Agar antes de morir, como de la última vez que fue abrazado por su padre y su familia por hallarse de visita en casa de los abuelos y tíos... ¡Las milicias rebeldes asesinaron a toda la familia y él y su madre se salvaron sin poder hacer nada por el resto; hubiesen muerto igualmente. Por orden de su padre se escondieron diez minutos antes en el viejo pozo abandonado, junto con Amir, el amigo de su padre, hasta que pudieron huir a la península; el sitio estaba lleno de basuras y de ratas y al fondo había una entrada que salía al otro lado de una cima. Pudieron salir de madrugada después de dos días sin ser vistos; sólo la conocía la familia de su padre y él mismo, porque su padre le dio un dibujo del lugar para que se lo diese a Amir. Allí se tiraban muebles viejos y basuras dentro para despistar. Fue la única forma de salvarse de la matanza y escapar para llegar adonde ahora se encontraban, parecía increíble que estuvieran aún vivos. Se trajeron pocas cosas encima para poder huir pero las suficientes para sentirse de nuevo seguros por tenerse a sí mismos; sólo faltaba estar cerca del padre de su madre e intentar olvidar y sobrevivir de nuevo a todo lo ocurrido, como se lo prometió a su padre. El pobre pensó que por su cargo político podría haber salvado a su familia convenciendo a los rebeldes y negociando con ellos.

Tan pronto como alcanzaron el rocoso camino que llevaba al "Gran vigía", comprendieron que algo hermoso les esperaba, que todo iba a ser diferente como así lo habían soñado porque allí, en lo alto del camino, estaba Manuel… Al ver que llegaban empezó a bajar con los brazos en alto agradeciendo a Dios la llegada de su hija y de su nieto. Anú intuía a quién se acercaba, porque llevaba tres días sin saber de ellos y, empezó a correr para abrazarlo. Ámbar no pudo más, estaba agotada, llena de emoción por el encuentro con su padre; y viendo la felicidad de su hijo junto a su abuelo en un solo abrazo, se dejó caer sobre el camino empedrado para besar el suelo que los recibía.


A. Elisa Lattke V


Enlace de esta imagen tomada de Internet:
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1 comentario:

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