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lunes, 10 de agosto de 2009

Sólo soñaba...

Sólo soñaba… y me desperté caminado a tu lado.
Al lado de los renglones he sentido el empuje del viento tras mi espalda;
me llevaban tus palabras, empujaban a los cambios, a las escaladas y subidas, a los montes y, a las copas de los árboles. Allí, era yo mirando donde estaba y era feliz, rodeada de niebla a los pies de El Árbol de la Vida. Atrás se quedaba el cansancio de los cuerpos, el tuyo y el mío. Su penuria mental y espiritual ante lo indomable del destino. Los malditos silencios nos alejaban de todo, los días tristes y los sueños rotos, antes de disfrutarlos, se habían convertido en nada. Ya no éramos parte del mundo, sólo existía el uno sin el otro, pero en el mundo imaginario estaba el deseado y tierno Amor que siempre habíamos soñado. Y también éramos UNO y estábamos todos dentro del mismo huevo... ¡Gemíamos amor, germinábamos!

¡Hasta que alguien, como siempre ocurre, rompía el cascarón de la esperanza para saber qué habíamos vuelto a renacer de nuevo!

Ya, camino de vuelta todo parecía diferente, pero sabíamos que se volvía sobre los pasos para besar la Vida. La necesitábamos como el agua necesita de la sal en los océanos. Algo habíamos hecho mal y teníamos que volver a repetir vivencias nuevas que nos llenarían de sabiduría. Algo, a pesar de amarnos había fallado.

Volvía desnuda y sentía frío. Entonces supe que era el vestido de mi misma vida, me abracé fuertemente a ella sintiendo que la amaba, para aprender de sus consejos de madre. Nos conocíamos desde la eternidad y ella siempre había estado en mí y así sería siempre, pero esta vez ese empuje sin temor me decía que te había encontrado para siempre.



-Adal, percibió el murmullo de los insectos libadores junto al aroma del bosque y volvió a maravillarle… Sí, nuevamente era ella misma. Buscó el río que la esperaba, sumergiéndose en sus aguas llena de emoción. No dejó que sus primeras lágrimas de felicidad por esa vuelta, volviesen a caer en el suelo porque sería una maldición. Había llorado demasiado por amor en el mundo de los vivos. Volvería a ser el espíritu del agua y allí esperaría siempre hasta que este fuese diferente.

Un croo a su lado la despertó de nuevo, entonces sí que lloró de verdad al darse cuenta que sólo era un sueño. Empapó con su llanto las sábanas a las que se abrazaba… ¡Seguía allí a su lado como siempre el dolor! Supo que era la realidad que la rodeaba de nuevo y el blanco suelo de mármol no era de niebla…

Los chillidos de una gaviota la despertaron del todo y con cuidado de no hacer ruido, bajó de la cama y, descalza, cruzó la habitación subiendo al piso superior. Sintió necesidad de tomar una taza de café y fumarse un cigarrillo. Se dirigió al solarium, sentándose a mirar el maravilloso azul ultramar que tenía enfrente. Allá lejos en el horizonte, se dibujaban las primeras luces del día. Después de un buen rato, unos pasos se detuvieron a su lado con una taza de café recién hecho. No dijo nada y se sentó a su lado. Los dos contemplaron el paisaje con los primeros rayos de sol que iluminaban las aguas.

Adal permaneció con los ojos cerrados después de beberse el café, con el cigarrillo apagado entre los dedos. Unas lágrimas mojaban sus mejillas. Sus muñecas estaban vendadas y recordaba el terrible día anterior… ¡Talvez más adelante me vaya para siempre y nadie podrá evitarlo! - Se repetía por dentro mirando a quien estaba a su lado. Su acompañante dormía placidamente en la tumbona.

Se levantó y caminó hasta el borde de la terraza, dejando caer la taza de café vacía sobre la acera. ¡Ocho plantas, dios, son ocho nada más! –Exclamó.



09-Elisa.

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