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domingo, 14 de marzo de 2010

DE MIS CUENTOS DE VERDAD

Los ojos de la noche buscan las pupilas al alba, 
sólo así saben que se han iluminado de otro amanecer. 
(Elisa, "La ranita azul"05- La foto es de la misma fecha)


Primera parte:


Sí, así ha sido siempre en todas partes del mundo. En América se utilizaba el cuento oral e improvisado, porque no se tenían los medios audiovisuales de ahora. Hablo del siglo pasado porque una ya es hasta eso... del pasado, del año 1941 en adelante, época en la que vine al mundo. Residíamos prácticamente cerca de la selva y la Cordillera Central, lo cual hacía más grave la situación pensando en lo que se arrastra, salta, vuela y serpentea, aparte de otros sonidos nocturnos que nos llegaban en el viento.

 Se utilizaba mucho la leyenda y algunas eran improvisadas sobre la marcha por nuestros familiares mayores, para que los niños se fueran a la cama. Aunque luego no podían ni dormir a causa del miedo, que algunas de estas, como los cuentos que que se inventaban o arreglaban los viejos y olvidados, nos  causaban estragos, nos quitaban  el sueño… ¡Dejándonos totalmente despabilados y en vela, agudizados los sentidos y sudorosos debajo de las sábanas, ante cualquier cosa inexplicable que pudiéramos ver o sentir. No sé si era por aquello del dicho: “el que con niños se acuesta cagado amanece”, pero la cuestión era que no se libraban de lavar las sábanas con todo lo que nos impedía conciliar el sueño. Así que llenos de ansiedad y llorando, se terminaba por dormirnos por cansancio a falta de la cama de nuestros padres, sobre nuestras propias necesidades que aflojaban del susto y, calladitos para no alterar a los que roncaban tan a gusto, sin complicarse su vida con historias extrañas, nos quedábamos por el cansancio dormidos.

Una vez, ‘mi maga’, como llamaba a mi abuela materna nos contaba esos cuentos sobre hadas, brujas, duendes y cuentos de "aparecidos" como: "El hombre sin cabeza", "La pata sola", "El hojarasquín del monte", "El Judío errante" y un largo etcétera, pero no a la luz de la lumbre ni al pie de la cama. Porque la casa estaba en pleno campo rodeada de montes espesos y los espacios eran muy grandes dentro de ella, largos pasillos, puertas para pasar de un lado a otro, mallas metálicas para evitar todo tipo de bichos extraños dentro de casa, teniendo que cerrar algunos puntos que llevaban a los jardines y a los patios traseros, asegurando nuestra tranquilidad durante el día y durante el descanso nocturno, ante cualquier eventualidad no deseada. Cualquier olvido al no tomar esas precauciones nos causaban serios trastornos; así que no podían contarnos los cuentos "a la luz de la lumbre" como era la costumbre, porque la cocina estaba a treinta metros del salón, y si nos entraba ganas de ir al servicio o al retrete, por miedo de ir solos, siempre iba un acompañante con un farolillo de keroseno, o una palmatoria con su vela en el cartucho de metal para que no se apagara con la brisa o el viento; para ello estaban siempre dispuestas mi abuela o mi madre,  alumbrando el camino; había que caminar más cien largos metros desde la puerta trasera de la casa, internándose entre las plantas altas y árboles frondosos donde dormían aves nocturnas que les brillaban los ojos en la oscuridad; cafetales y maizales por una vereda hasta el arroyo de aguas que  pasaba por todo el pueblo, aunque siempre eran arroyos diferentes que llevaban a diferentes ríos (!)… Algunos de ellos frecuentados por los asiduos bañistas de la época a falta de agua, aunque se sabía dónde estaban las desembocaduras de las agua fecales, para que no interfirieran en las necesidades de aquellos improvisados paseantes por necesidad, que no disponían de vertiente propia con el agua canalizada para el uso del hogar; como la teníamos dispuesta nosotros. "Era la ventaja de ser hijos del Mister”… que también entendía mucho de ingeniería, dándonos todo tipo de ventajas en un lugar inhóspito, donde la malaria u otro tipo de infecciones y enfermedades endémicas se daban a menudo y, para las cuales aún no habían  vacunas eficaces, pero si paliativos con tratamientos caseros;  acudiéndose a la naturaleza que nos rodeaba, con todo lo que ella brindaba con su farmacopea  y fitoterapia savia y eficaz . Recurso que ponía en práctica “mi maga” cuando  cualquiera  de nosotros enfermábamos.  Ni las enfermedades o pestes que atacaban a las aves de corral o el ganado , se resistían a sus tratamientos y muchos le consultaban, con la confianza de salvar al animal que les servía en su hogar; ya fuesen burros de carga, la vaca lechera o las gallinas afectadas de moquillo o  ‘pujo’. Todo estaba en nuestra huerta  y si faltaba nos íbamos al campo libre a conseguirlo como remedio, pues lo conocíamos. 


Los campos y lugares de monte selvático, aunque peligroso por los insectos venenosos y otros depredadores naturales, eran libres de ser visitados por todos los que quisieran abastecerse de lo que ofrecía  gratuitamente el mismo, hallando bayas y frutos para  hacer cualquier confitura o dulce casero. Así que internarse por un camino de tierra por el patio de nuestra propiedad, era siempre una aventura, porque estaba lleno de árboles frutales, maizales de cultivo y todo lo demás que le rodeaba era salvaje, como los cafetales, plataneros, naranjos, papayas, cocoteros, piñales, cacaotales, guayabales, enredaderas de badeas, sidra papa, papayos, chirimoyos, guanábanos, mangos, mamoncillos, anones, los árboles enormes de chiminango; piñuelas, guamos, grosellas, granadillas, árboles de chambimbe, “tapaculos” o papayuelas, platanales de varios tipos, cerezos, mandarinas, acacias, ceibas  y cachimbos, donde a veces, en estos últimos habían buitres. Porque  había un potrero de ganado bovino muy cerca, alguna vez los vaqueros dejaban reses muertas para el disfrute de los carroñeros naturales. Era la costumbre.  Ellos se encargaban como 'buenos inspectores de higiene' de dejar limpio el potrero de carne en descomposición, o descuartizada una res por algún cuatrero. Así que, hasta llegar al otro extremo del enorme solar que ocupaba nuestra casa,  costaba  un rato lardo de escalofríos, porque teníamos que ir de noche antes de acostarnos, debíamos hacerlo acompañados. 


El recurso dentro de la casa era las típicas bacinillas, orinales de losa esmaltada y con tapa en todos los hogares; aunque algunas de losa esmaltada  no la llevaban. Había uno por cada usuario que se encargaba de lo suyo. Si no daba abasto a cualquier eventualidad nocturna se utilizaba el menos lleno para 'aligerar' lo que fuese... Y se sacaba fuera de la habitación con su tapa (...). Toda seguridad era recomendable por higiene. Teníamos agua  corriente alrededor de la casa pero no de la vertiente y si de otro arroyo que venía de la cordillera y atravesaba casi todo el pueblo. Era agua  limpia  que estaba canalizada para la humedad de los jardines y las huertas caseras, los animales, aves y para mantener algunos alimentos  frescos, dentro de recipientes herméticos y ventilados. El curso del mismo daba frescor en los tórridos veranos sin lluvia y servía para  el riego, limpieza y el lavado de ropas, así mi madre no tenía que ir al río, como las otras mujeres para lavar  las ropas, aunque algunas veces se la daba  a Misia Victoria, una señora de color que se encargaba de varias casas para lavar ropas, viniendo por la tarde con todas secas y dobladas en sus dos canastas, una sobre la cabeza encima de un redondel de tela y otra, en el brazo. Era muy alta y andaba muy elegante porque siempre llevaba algo encima de su cabeza. Cuando se la entregaba a mi madre me daba una taleguita de cerezas silvestres. ¡Eran la gloria! En casa se colgaba la ropa en una zona soleada y adecuada para guardarla y luego plancharla, nunca encima de los matorrales bajos como era la costumbre.  Además, aquel arroyo daba alegría a la casa  sonando día y noche por el lecho de piedras. Era como un arrullo constante el sonido que daba. Nos gustaba dormirnos con ese sonido.

 La cosa era que, sí disponíamos de una letrina muy bonita en del solar. Ninguna era como la nuestra. Era diferente su caseta y hechura para que no se encerrasen los malos hedores y menos entrasen insectos voladores  Nuestra letrina era diferente del resto por ser cómoda para sentarse, limpia, soleada y simpatiquísima; tanto, que quien iba se quedaba más de un rato… (¡!).  


Os cuento: La había hecho mi abuelo que era ebanista y carpintero y constructor de casas. El diseño era de mi padre y era de cuatro metros cuadrados. Mi padre había residido mucho tiempo en Inglaterra pero sobre todo en Australia, aunque hubiese nacido en Alemania y allí pasase su niñez y adolescencia. En Australia aprendió ese oficio de hacer viviendas de madera. Entendía, como ya lo he dicho, algo de ingeniería y de todo un poco, hasta hacer objetos de metal. El nos trajo de Europa la bomba de agua y la montó con ayuda de mi abuelo, para extraerla de un manantial natural que había  frente a nuestra cocina y comedor. Lo encontraron mis abuelos porque  aprendieron a conocer dónde se hallaban los manantiales naturales bajo tierra. Eran zahories pero por aprendizaje de sus ancestros. Así que en mejor sitio no podía estar el agua para tenerla cerca.  También nos montó una caseta de madera y planchas de cinc, para evitar las salpicaduras del agua en la ducha con dos cisternas. Una para el agua de lluvia que se acumulaba y se calentaba con el sol y, la otra con la que se extraía del manantial antes de ducharnos con la bomba manual. La preferente era la que se asoleaba por estar cálida.

La otra acequia de agua corriente que cruzaba la propiedad de un lado a otro, estaba al fondo y era útil a muchos vecinos por dónde circulaba para  lo mismo. Todos tenían su propia caseta o letrina, pero no para todos pasaba el agua corriente por debajo de la misma; siendo nosotros los más aledaños al monte cerrado, los primeros que la aprovechábamos, pero nunca nos servíamos de ‘la fauna’ que se daba en ella (!)  Había mucho cangrejo americano, peces de río en los meandros, sapos, ranas, lagartos, lagartijas, culebras de agua y demás  animaluchos que eran gozo para muchas aves silvestres. las mariposas y las libélulas eran una maravilla y de todos los colores , como las aves por su plumaje y de diferentes especies que llegaban a los patios y jardín.


 Ver allí nuestra letrina puesta y pintada con los colores de la insignia nacional de Colombia, con su puerta, ventanuco acristalado, cortinita por dentro, techo abatible de cristal por si llovía y agua corriente sin "tirar de ninguna cadena"… ¡Era todo un lujo! Estaba levantada sobre una estructura de hierro y hormigón con pilares de cuarterones de madera, tratados para la carcoma con barniz de Copal. Eran muy sólidos.  Por eso llamaba la atención a quienes la utilizaban. Mi madre tenía revistas en castellano, alemán e inglés y francés para los visitantes y algunos periódicos viejos. Todo eso se lo traía mi padre o mi tía.


 Mi padre sabía varios idiomas y sus amigos hallaban ese lugar como un lugar de esparcimiento. Nadie les molestaba y hacían su digestión tranquilos. Todo ruido era amortiguado por el paso del agua, el canto de las aves, el bramido del ganado cercano y hasta la algarabía de las cotorras. El problema era cuando llegaba el sonido de la banda municipal, pues iban por las principales calles soplando y tocando sus instrumentos de viento y percusión. Como pasaban por casi todo el pueblo, el sonido penetraba por el camino aledaño a nuestra propiedad y se sentía. En los días de “fiesta patria” el viento traía las notas del himno nacional, entonces, mi madre y mi abuela, tan patriotas ellas, olvidaban lo que estaban haciendo y se levantaban como un resorte,  poniéndose firmes instintivamente por educación, al escuchar el himno nacional con la mano en el pecho; posponían todo deber propio dando rienda suelta a sus necesidades de buenas colombianas. Siempre habían anécdotas muy graciosas sobre sus deberes patrios y los del cuerpo.

Las ranitas con las que jugaba de pequeña, estaban en el primer jardín, donde había una charca con plantas de hojas tan enormes que podían servir de paraguas. Era mi lugar preferido. Allí pasaba mucho tiempo sentada sobre una enorme piedra con mi perro “Dogo”. allí leía cuentos o estudiaba. En la otra acequia del fondo las gallinas, si pillaban un cangrejo se lo comían a picotazo limpio... y los pobres lagartos, ratones y topillos "era un venga nos en tu reino"...Esto decía mi abuela cuando las veía atragantadas y  apunto de asfixiarse con lo que engullían -"¡Así están de hermosas y ricas mis gallinas de lo bien alimentadas y cuidadas!" -decía cada vez que había que "retorcerle el pescuezo" a una para comer. Eso me obligó a ser vegetariana añadiendo un sufrimiento más a mi madre… “Hija, por dios, entiéndelo, las proteínas te hacen falta para crecer, para que estés sana y tengas una alimentación equilibrada tienes que comer carne animal". "¡Puaf, no me hables de eso que las he visto!" Os aseguro que hoy por hoy como carne,  pero siempre se me quita la gana cuando pienso en aquello, pero también en otras cosas peores que he visto en lugares donde menos me creí que aún se diera. Acá en Europa.-

En caso de lluvia, si estabas dentro de la letrina se bajaba el techo abatible, pero dejaba pasar la luz solar o de luna si era de noche. Se bajaba para que no entrara agua u otras cosillas que se descolgaban con sigilo...  Siempre había un farol de petróleo preparado en una repisa, fósforos, candelero y velas y hasta un buen garrote.  Había un letrero en alemán y castellano que ponía: "Si tiene estreñimiento cuente estrellas, relájese, dese golpecitos en las rodillas con los puños  y tenga las puntas de los pies apoyadas en el suelo, pero sobre todo ría mucho"... El letrero estaba acompañado por debajo, de una foto bien montada del rostro del Firer, Hitler, recortada de una revista. Y se le veía haciendo del vientre. Seguramente era un montaje muy bien hecho. En una repisa, al lado, había un plato con dardos por si alguien quería jugar un rato con "el Firer". - A los amigos judíos de mi padre que nos visitaban, les encantaba hacerlo y siempre salían muy felices del lugar.

 También se podía leer los recortes de prensa atrasados, aunque fuesen recortados en pequeñas cuartillas, que se arrugaban manualmente para facilitar su uso" (...) El papel higiénico por ese entonces era un lujo. La gente que pasaba al 'WC' y no conocían el lugar, soltaba una enorme risotada haciendo volar hasta las aves. Mi abuela solía merodear por el lugar con cualquier pretexto porque no quería perderse las risas de los huéspedes o invitados.  Para ella todo era divertido, jamás la vi llorar. Su fortaleza y buen humor la acompañó toda su vida, muriendo de repente como siempre había deseado y feliz.  

En aquél lugar había gente muy mala o ignorante. Era una lástima. Nunca estaban contenta por cómo pensábamos o se nos facilitaban las cosas, viéndonos crecer felices y sin enfermedades. Nos robaban a menudo muchos animales de corral o nos envenenaban los perros. No les valía que mi abuela les diera animales vivos o alimentos de los que cosechábamos. Sólo  recibía unas simples “gracias, misia  Elisa”. Pero nadie estaba dispuesto a arreglar una cerca, coger un azadón o una pala cuando mi madre  hacía las eras y sembraba hortalizas, pero sí pedían cuando estaba todo a punto. Aunque mi madre les enseñara a sembrar y les diese semillas. Algunos querían ayudar por 'la paga', cuando cogían la fruta, si a cambio se les daba la cuarta parte de lo cosechado y encima una o dos gallinas y la comida de todo le día, más lo que se llevaban sin decir nada y por la cara; con lo cual prolongaban el trabajo para vivir del cuento. Mi abuela siempre se quejaba  y comentaba: “¡Así es nuestra Colombia,  no se preocuparán nunca los pobres de ser honrados, conocer que las cosas no se hacen así para saber sacar ventaja a quienes se esfuerzan; será siempre nuestra gente unos eternos pedigüeños, aprendiendo de lo que ven fácil y no de lo que les facilita ser libres y dignos, prefieren ir por las casas a comer sin dar a cambio más que conversación, mientras otro de los suyos roba y ellos entretienen al dueño.”  Y  terminaba por advertirle a mi madre con un dicho: "Hija, no se descuide que, mientras los gatos duermen los ratones se pasean."
...

Los laterales de la caseta tenían a cierta altura con unas rendijas redondas a modo de mirillas, con un tapón de corcho, así podíamos saber de los merodeadores comunes y naturales en ese lugar o, quién osaba adentrarse en nuestra propiedad por las cercas del fondo. Era el escondite perfecto o atalaya durante el día. Si se sentían las pisadas en el suelo, algo que se arrastraba con sigilo por la hojarasca, sonaban las ramas secas; podíamos mirar desde varios ángulos para saber de qué o quién se trataba; tanto si eran extraños de dos o cuatro patas y los que se deslizaban con el vientre, zigzagueantes y astutos que aguardaban enroscados el paso de cualquier ave, topos, lagartos y lagartijas; se salvaban los armadillos por tener la piel dura y hacerse una bola, aunque también pasaban monos con sus crías a las siembras de maíz y algún jaguar. Había vecinos que se les acababan sus plátanos o bananeras y, sin pedir permiso, pasaban a robar los racimos de plátanos u otros frutos con su propia escalera, mientras uno lo hacía el otro vigilaba y esperaba recoger lo robado. Tenían suficiente solar pero no sembraban nada. Eso sí cortaban los árboles para leña por no recoger la seca en el monte, tal como nosotros lo hacíamos, guardando la de la poda anual para limpiar los accesos. Nunca se negaba nada que tuviese en nuestro hogar siendo factible de pudrirse y no ser utilizado, porque las cosechas eran abundantes, pero no aprendían; a veces era para venderlo en el mercado de la plaza. 


Recuerdo una vez que se llevaron todos los limones y las naranjas de los árboles. Teníamos dos limoneros y variedad de naranjas. "Mi maga", acostumbraba a ponerles una marca, que al secarse con el aire se quedaba la señal en la cáscara o pezón de la fruta. Otras veces estaba en el mismo tallo. Una de las veces, echó en falta las naranjas  para el zumo  del desayuno, se enfadó mucho al no verlas en los árboles. Llevaba su canastilla de alambre para recogerlas y colgarla en un lugar fresco aledaño a la cocina, junto a las papayas y mangos y lulos. Todo eso servía para los zumos combinándolo. Siempre habían dos jarras llenas de zumo en las tres comidas diarias, desayuno, comida y cena, aunque  se hacía "el algo", que  era algo así como una meriendita pequeña antes de la cena o la comida, dependiendo de la hora de comer o cenar. -Allí en el cobertizo ventilado y cielo raso alto, se dejaban los frutos que se consumían más a menudo por estar maduros, el café para tostar y el cacao para moler; también los sacos de maíz para el consumo. Era difícil entrar a ese lado de la casa para los ladrones. Eran una enorme despensa dentro de la casa.-  


Así que, mi abuela, no hallando las naranjas y los limones maduros en sus respectivos árboles, se indignó mucho y aunque mi madre le dijo que no lo hiciera, que no debía darle  importancia; pensó que tenía que dejarle claro al ladrón su parecer delante de todos los vendedores en el mercado, que aquél vecino era un sinvergüenza, un ladrón.  Su indignación fue tal que ensilló una de las bestias de carga y se llevó a mi hermano, el menor de los dos, acercándose a la plaza del pueblo. 


Todos los días martes y sábados ponían las mesas con sus toldos blancos  frente a la iglesia. Allí acudían los del lugar y de otros caseríos cercanos, como también los indígenas a vender sus tejidos de lana, papas , ullucos, arracachas, ajos y cebollas, como condimentos naturales para cocinar y coca seca.  Estaba segura de lo que hacía y nuestros indiecitos eran gente buena y trabajadora; la querían mucho. Mi abuela hacían trueques con ellos al pasar por nuestra casa. Unas cosas por otras que necesitaban ellos o nosotros o, les encargaba yerbas que no encontraba. Tenía un amigo Chamán que nos había hecho la ceremonia de 'cura', "para quitarnos maleficios y malas influencias de la gente malvada."  Esto también se los contaré alguna vez. Fue muy lindo y mágico


Así que ya en la plaza dejó la mula atada a las talanqueras donde se quedaban todas. Alguien cuidaba de ellas por algunos chavos.  Se internó en la misma por otro lado al extremo de la plaza, por donde no solía entrar cuando iba normalmente. Llevaba su canasta de alambre vacía en la mano. Mi hermano había visto al vecino que robaba, escondido entre el maizal. Mi abuela le dijo a mi hermano que se acercara al tipo y le pidiera una naranja regalada, que ella estaría vigilando para ver qué le decía.  Así lo hizo mi hermano. Pero éste completamente indignado por “el atrevimiento del niño”, le dijo que “en nuestra casa teníamos de todo, que no nos le faltaba para comer pero que a él y su familia sí”  y que “por qué a él,  le pedía  una naranja y no a los demás”. -Mi hermano tenía por entonces doce años y mi abuela ya lo había aleccionado por el camino.-

Así que se le puso delante al ladrón y, a grito pelado le dijo para que todos escuchasen: “¡Eres un sinvergüenza, dice mi abuela, eres un ladrón y holgazán; y eres vecino nuestro pero no te gusta trabajar,  pero si traes hijos al mundo para que sean como tú; todos los días estás delante de tu puerta sentado en una silla y estás sano; me lo dijo tu propio hijo que se avergüenza de ti. Esas naranjas y los limones son de mi casa, los conozco y te vi robándoselos a mi madre…” Entonces fue cuando mi abuela intervino, viendo que el hombre agarraba un palo para darle a mi hermano. Así que no le dio tiempo más al tipo, que salir corriendo y me abuela le alcanzó a decir irónicamente: “¿No se te olvide que como premio tienes una gallina viva cuando quieras! Las gente que rodeaba la escena sorprendida por los gritos de mi hermano y la situación que se daba, reían de lo ocurrido y todos, se brindaron a ayudarle a llevar el saco de naranjas a donde estaba  la mula. Algunos le dieron algunas cosas y le prometieron que si lo veían por ahí, ya sabían a qué iba. 


 Mi hermano se subió en la mula con las cosas y mi abuela se fue andando tirando de ella. El tipo recibió una lección y mi hermano otra. Mi abuela sólo quería enseñar modales, a que se sintiera la utilidad y la nobleza del alma con el esfuerzo del trabajo propio. Siempre procedía así aunque a veces fuese irónica y dura por necesidad.

Una semana después vimos que los vecinos se marchaban muy temprano. Entonces mi madre y ella prepararon algo rápido que tenían en la cocina. Salieron al camino y llamaron al hijo mayor que quería despedirse de mi hermano. Uno de lo seis hijos que tenían. El chico jugaba también con mi hermano pero al verlas no quiso acercarse. Y agachado se fue a alcanzar a sus padres y hermanos que ya se marchaban  con las bestias cargadas, llevando todos los los enseres que podían en ellas y un pequeño carro del que tiraba un burro; entonces vi a mis dos hermanos  coger lo que les daba mi abuela, les puso dos bolsas en las manos con algunas cosas y una gallina viva atada de las patas. Ellos corrieron tras los que se iban hasta alcanzarles. Vimos que pararon y cogieron todo pero luego bajaron un bulto con algo dentro, dejándolo en el suelo del camino. Mis hermanos no podían con ello. Entonces mi madre y abuela se acercaron para ver qué era. Cuando llegaron al sitio ya ni se les veía a los vecinos, pues habían cruzado el puente. Mis hermanos tocaban el bulto y hacían bromas con lo que pudiese haber dentro.  Mi abuela desató la cuerda que lo ataba. Sabía de antemano qué se llevaban, porque por el camino le dijo a mi madre: ¡Rosa, creo que sospecho algo, no será que estos puñeteros han cosechado el maíz  y el racimo de guineos y nos dejan una parte del robo, arrepentidos! … ¿pero qué más se habrán llevado, me pregunto?” Uno de mis hermanos acercó una carreta y recogieron el saco con todas las mazorcas que habían metido dentro y el racimo de guineos.  Recuerdo  que, aparte de la gallina, mi abuela les puso sus deliciosos envueltos de choclo y queso, arepas, tamales de verdura y carne y algo de fruta. También les devolvía la estera que se dejó en el mercado junto al saco con la fruta robada. No eran nuestros.

 ...
Volviendo a tomar lo que les cuento sobre aquella caseta de la letrina, recuerdo que normalmente se dejaban chamizas secas y trampillas cerca para que sonaran si pasaban a robar. Nunca se hablaba de ello. Así nos dábamos cuenta de cualquier paso en falso, al sonar los tarros de metal con piedrecitas que colgaban a los extremos de la cuerda y, a lo largo de las cercas. Por eso robaban de noche.
Dentro de la caseta había también un cuerno para hacer llamadas en caso de peligro, un machete y un cuchillo colgados. Eso sí tenía llave para entrar. Un frasco de yodo y un bote con algo de algodón. Había quien se entretenía de dos formas: alternando su necesidad fisiológica, mientras degustaba alguna de las frutas que había cogido por el camino, hasta llegar a la letrina. Las llamaban “ablandadoras”

 Al cuerno le insuflábamos aire por la punta rota, soplando fuerte en forma de pedorreta, eso hacía que sonara tapando una parte con una mano, abriéndola y cerrándola para expandir el sonido. Estaba prohibido tocarlo si no había peligro. Cuando esto ocurría siempre era por algún animal peligroso, un ladrón de gallinas o huevos, de los que merodeaban por los caminos de paso. Y sobre todo serpientes o una nidada de ellas, alacranes o enormes arañas. Mi abuela estaba atenta, porque sentía el sonido desde la cocina, por eso cada vez que íbamos al lugar, al pasar por en frente de la cocina, se lo decíamos a ella o nuestra madre. 


 Se solía dejar ramas largas de guayabo seco en puntos estratégicos de los caminos, para servirse de ellas en caso de defenderse de alguna serpiente  u otro animal, igualmente montoncitos de piedras. Si había peligro, mi abuela también utilizaba un perrero con mango largo, una especie de fusta  utilizada por los campesinos para el ganado. Se dan golpes en el suelo para que avance o con el se puede enredar en las patas de un ternero para marcarlo, si no se usa  enlazándolo a caballo para tumbarlo, atándolo rápido las patas para inmovilizarlo mientras se marca. También servía para envolver las piernas de un ladrón tirando de ellas hasta tumbarle, así perdiendo el equilibrio se recuperaba si se podía ‘el botín’; pero mi abuela sólo lo hacía para dar un escarmiento y hasta les regalaba lo que se iban a llevar y  más cosas. Pero sólo  por la primera vez que lo hacían. No era fácil engañarla. Alguna vez, cuando salíamos de paseo por el monte la vi cómo envolvía a una serpiente con el perrero por la cabeza y, sacudiéndola de arriba a bajo con rapidez, la mató dando un fuerte golpe contra una piedra, evitando que nos mordiera. Nos dijo que estaba preparada para ello. Luego se la llevó, la troceó y se las dio a las gallinas enterrando la cabeza con ceniza.  También la vimos mis hermanos y yo, deshacerse de otra, que se escurría por un agujero hasta el gallinero. Se comía los huevos y los pollos pequeños. Decía que había cosas inevitables que había que hacer a tiempo, aunque era doloroso matar una vida si no se podía hacer otra cosa.

Si, íbamos al extremo de los solares no dejaba de ser una pequeña aventura, por el riesgo que suponía adentrarse en un lugar de vegetación muy tupido, que sólo conocíamos nosotros, pues nos encantaba coger todo tipo de bichos y sobre todo, observar sus vidas en su propio hábitat. Sentíamos los sonidos del monte todo el día aunque con lindes de división fácil de acceder a ellos. Podíamos ver muchos animales merodeando, culebras  grandes, lagartos, monos robando en los maizales y tarántulas entre las hojas de los cafetales. Nunca faltaban cacatúas ni periquitos y otras aves bellísimas. Mi lugar predilecto era mirar todo aquello desde los árboles más altos, allí estudiaba, leía, pensaba y oteaba a los ladrones de frutos; durante el día siempre eran niños o jovencitos que lo intentaban. De vez en cuando se llevaban un buen caucherazo, pues utilizaba frutos del Chambimbe que son muy duros. Me los metía en mis bolsillos. Estos frutos sirven para lavar ropas cuando no se tiene jabón a mano. Se sumerge la ropa en ellos y da una baba espumosa y perfumada. Se restregaba la mugre y se aclaraba en los ríos.

Cuando estaba allí subida en nuestros árboles más altos, avisaba a mi abuela disparando estas semillas o pepas, sobre la caseta de zinc del cobertizo más  cercano a la cocina. Su sonido se expandía inmediatamente y aparecía mi abuela con la escopeta y un palo. Normalmente estaba pendiente de mí, más que de mis hermanos mayores, "porque desaparecía rápido entre el monte por cualquier cosa que llamara mi atención". Se quejaba a mi madre muy preocupada y salía en mi busca. También salía obligarme a atarme a los árboles, con una correa de cuero ancha que era de mi abuelo, porque a veces me bajaba la tensión y más de una vez perdía el equilibrio en las ramas. Así se confiaba, pero tampoco me lo prohibían porque me sentía muy feliz subida en los árboles.

El arroyito cantarín que bordeaba toda la casa daba alegría al huerto, las plantas de flor, aves y animales domésticos. Iba a unirse a la siguiente acequia, pero el primero era potable, aunque mis padres utilizaban un enorme filtro de loza con grifo para beber de allí el agua, que siempre estaba muy fría y cada día se cambiaba. Había gente que pasaba a la casa a llevarse agua, llenando las tutumas para el camino, cuando llevaban ganado a otros sitios de pastizales altos.

 Las plantas parásitas u orquídeas  de todo tipo como las rosas, dalias, lirios y geranios, eran adoración de mi madre. Nunca faltaban flores  en el jardín y los pájaros estaban todo el día cantando, pero nunca estaban enjaulados. Se habían acostumbrado a la tranquilidad que les brindábamos todos;  incluso se les dejaba fruta fresca en algunas horquetas de los arbustos ornamentales. Los crotos eran de variados colores y formas diferentes de hojas, habían unos de tirabuzón; los cocales abundaban donde anidaban tominejos o colibríes. Había caimos  y limoneros y un enorme mango que daba otra variedad más grande que el mango corriente, al que llaman 'manga'. Muchos arbustos de júpiter adornaban las cercas de la salida, cuya floración era de variados tonos. Los lirios bordeaban el arroyuelo, con  poleo, menta, hierbabuena, albahaca, toronjil, saúco y otra variedad de orégano y azafrán de América tropical. No faltaba, diez o veinte plantas de tabaco para el uso de mis abuelos fumadores y para mi padre que fumaba en pipa. Tampoco las hortalizas frescas, yucas, ullucos, frijol de vaina, pimiento y papas de varios tipos y tamaños como sabores. Recuerdo un hermoso zapote, una fruta muy buena de cáscara dura con una pulpa de color naranja muy rica y jugosa. Las granadillas y naranjas limas (muy dulces), las enormes toronjas  y pomelos, mandarinas granadas, brevas y los higos; muchas de estas frutas eran preparadas por mi abuela en jaleas, mermeladas y dulces para las navidades. Muchos piñales se encontraban en las cercas y los rincones,  mezclados con piñuelas, otra variedad.


La acequia de agua, como os digo, circundaba y circulaba una parte de la casa por su parte interior, la que daba a las habitaciones a lo largo del corredor, desembocando en la siguiente del solar trasero. Era helada, cristalina, limpia en su inicio porque en la misma abrevaban animales de carga, los caballos, las aves, los perros de la casa y algunas vacas lecheras; pero utilizábamos la del manantial natural, la poníamos en un filtro dentro del comedor, sobre un soporte de madera y tenía un grifo. Era todo un lujo tener lo que nos facilitaba una mejor calidad de vida. Por entonces, en la misma América del Sur, al lado de los montes donde se iniciaba la selva y, a orillas de las estribaciones de la Cordillera Central de Los Andes, no se podía tener fácilmente algo así. Eran pocos los conocidos que podían hacerse a ello. Aún con dinero costaba trabajo conseguir quien instalara  o hiciera una buena canalización de las aguas y el uso óptimo de las mismas. Los amigos alucinaban y vivían nuestra aventura, pero no le daban importancia porque en la ciudad estaban acostumbrados a tener todo en sus casas. Les llamaba la atención porque no era normal que disfrutáramos de todo, casi como en la ciudad de unas comodidades, aunque no aguantasen bichos voladores o rastreros. Era lo que había a nuestra disposición g. a Dios. También cuando nos visitaban otras gentes amigos e invitados de mi padre, que se quedaban allí por un tiempo les gustaban las siestas en hamacas amparados de los mosquitos. Pero  eran ideas que mi padre se había traído a nuestra casa, aplicándolas en nuestro hogar para hacer nuestra vida algo cómoda por sus costumbres y para nuestra educación.

 Pero estas son otras historias que las contaré más adelante. Como la de los refugiados judíos que traía a casa, salvados de morir en los hornos crematorios en la Alemania Nazi y de nuestro viejo Doctor Herman Meyer, que fue de gran ayuda a mi familia. Mis  educación con las dos culturas, cristiana y judía y mi estancia en el convento franciscano como novicia y más.  No sin haberos referido antes, esas cosas que serían terror para otros que las vivían, ya que causaban temores terribles a quienes las experimentaban en directo, leyendas en vivo para los que nunca nada de eso les pasaba, pero era divertido escucharlas cuando sucedían. Eran como sueños, pero habían pasado así de ciertas y nos pasaron a nosotros, era lo bueno de recordarlas. ¡Nadie se las cree! Mejor. Tener conocimiento de ellas y hasta exagerarlas por diversión resulta encantador. Nuestros sentidos estaban muy acusados en ese ambiente por necesidad de protegernos y por instinto de supervivencia. Temíamos más a la gente real que a “apariciones  extrañas o visiones”. Hoy las llaman “fenómenos paranormales”. ¡Ni comparación!

... Seguiré con mis “cuentos de verdad” más adelante. Sólo quería que supieran cómo era más o menos ese entorno de mi niñez, antes de contarles más cosas.

alattkeva
2006

2 comentarios:

  1. puf... puf... aquí vengo... aquí vengo... Recuerda que yo voy a saltitos, poco a poquito... así es que, no corras tanto..."Llegaré cansada como una madeja, pero NO soltaré la hebra del hilo que zafas"...
    Bellísimo, como siempre.
    Con admiración y cariño, Alicia (Alenka)

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  2. Gracias Alenka. Intenté escribir en tu correo pero me sale el antiguo.
    Un abrazo de una rana.

    Elisa

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