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miércoles, 13 de enero de 2010

Divagando sin mi alma…




Por algún lado he perdido el alma cansada de ayudarla a levantarse, porque es ella la que suele caerse siempre mientras mi cuerpo la mira preocupado. Cómo volverla a sentir si se me quedó en el horizonte embelesada, cómo volverla a tener si se marchó de viaje ante mis torpezas, cómo volverla a ver dentro de mí si me desprecia. Es que en la corriente humana a la que no está acostumbrada, se extravió y la perdí de vista, tenía frío, se abrigó poniéndose un chal rojo sobre los hombros. Iba desnuda...


La corriente humana es como el agua en el río de nuestras vidas. Ella nos mueve y nos arrastra donde previamente nos empuja un destino que desconocemos. Es densa, fluida y rápida en algunos casos, aunque en su caudal sepamos de los peligros;  en otras que nos creemos seguros, las ensenadas de las aguas mansas son peligrosas; como también los vados por donde podemos cruzar al otro lado de las riberas- Debemos tomar precauciones cuando no conocemos el movimiento de algunos remolinos que no nos hablan de su peligro...pero giran felices incansablemente como en una danza mundana, y nos arrastran embobados y hasta nos centrifugan, pero somos culpables quienes nos acercamos al peligro.


Siempre he preferido zonas de remansos allí donde nos sentimos felices y seguros aunque no tengamos lo que queremos al lado... Es una delicia mirar desde las alturas sentados sobre los penachos de los riscos, sin temor a nada que pueda sobresaltarnos..., salvo el atrayente vacío con el mar de fondo; pues atrae su belleza para contemplar el paisaje o las explanadas de los cañaverales, sintiendo cómo la corriente del río o de los mares en su oleaje desmesurado hace rugir las aguas, estrellándolas por los acantilados, golpeando sin cesar una y otra vez, como si le faltase algo... A veces se siente su música en percusión... Otras, es el río que cae en cascada en medio del empinado monte dejándonos maravillados. Así mismo es el río de la vida en loca carrera hacia el mar... para volver a ser sólo una arteria más que palpita llevando vida al corazón de la tierra.  Pero a veces se hace difícil ir en el y no por sus remolinos, es que está lleno de estorbos y recodos por donde serpentea y se desliza o se desenvuelve por un lecho pedregoso, donde discurre, tropieza y conserva el equilibrio conduciéndose con elegancia hacia el valle, llevado por su propia fuerza.

También las ramas caídas de árboles podridos le entretienen, porque forman empalizadas que lo desvían y puede ser un problema; aunque la mano del hombre es la peor al dañar el trascurso de su cauce impidiendo sus caminos naturales, por eso algunas veces reclama al a los seres humanos sorprendiéndoles  embravecido... Ellos le confunden, le apartan de su cauce y construye en sus lechos qu e por siglos han servido al planeta para  sostener  la vida; cambia sus vías, rompe su curso y lo ignora para siempre y hasta pierde su nombre... Harto, le devuelve su respuesta para que aprenda a conocerle y lo respete. Así que embiste arremetiendo sin ninguna consideración para  que reflexione de una vez y sea capaz de entender los designios que  debe respetar, entendiendo los efectos y para qué le están sirviendo, cuando cree conocer y dominar y   osa burlarse de la vida y la despoja de su orden natural. Es como si nos arrancáramos las venas del  propio cuerpo. Y es así como debe responder al comprender que se le cambia el destino de su vital fluido que irriga todo el planeta. Fiero o bravo, ruge con dolor en las crecidas amenazando inundarlo todo y hacernos desaparecer, poniendo freno a nuestras temeridades y abusos. Así mismo, el río conoce a quien se desnuda y guarda su ropa para vadearlo...


Este río de la vida nos puede dar su sonido apacible en cantos rodados y acariciados por sus aguas, pero nos olvidamos de todo ello, dañando el paisaje y construyendo a su lado,  echándole basura, acabando con la flora y la fauna propia de sus riberas. Y conociéndolas sensiblemente con su musgo que reviste la rocalla, lo que tapiza sus orillas con su mullida humedad cuando se esponja feliz al paso del agua, reverdeciéndose. Conocemos también algunas aves que merodean por su cauce como el "martín pescador" que otea desde la rama para alimentarse de los peces ingenuos que salen a tomar aire; levantando el vuelo desde su rama,  baja como una lanza en picada con un impulso raudo penetrando en la corriente, allí donde es más tranquila y puede divisar su pieza, consiguiendo su objetivo. Por eso permanece en la rama observando a los peces cuando necesitan respirar. El río humano por eso es comparable. Siempre el que quiere algo nos observa desde su rama sin que lo sepamos, pero cuenta con nosotros para fortalecer  otras vidas o la propia.

Sabemos de la ágil nutria, como de los castores y sus madrigueras en forma de empalizada; obras de ingeniería que aguantan hasta las grandes crecidas; la serpiente de agua, el cangrejo, unos y otros buscan alimento bajo el agua y el hombre igualmente encuentra en ellos un medio alimenticio para sobrevivir o utiliza sus pieles. El resto de los animales del bosque también lo necesitan. Y en algún meandros donde se empapan de agua las tierras bajas se hacen hondonadas llenas de maleza impregnadas de las crecidas del río, donde se gorman las charcas de agua de diferentes tamaños. Allí hay todo tipo de plantas rastreras en medio de los árboles que las protegen. Y, en lo más abrupto del bosque, como si la naturaleza sumergida fuese manglar que se adapta a la humedad, hay otra fauna que se nutre de las excelencias naturales que producen las crecidas, y donde se escucha el sonido de las ranas al caer la tarde o los sapos cansinos, gordinflones e inflados de regocijo..., allí se adormecen entre las piedras o van dando saltos torpemente por los apiñados juncos de la orillas, estremeciéndoles; hacen que el agua empozada se rice dulcemente ondulando hasta acariciar la otras orillas.

Y cuando las sombras corren hacia los montes no quieren dejar que se escape la luz. Intentan abrazar los últimos celajes allá en el mar, donde otras miradas humanas la transforman en nostalgia... Siempre rueda alguna lágrima haciéndose preguntas. Gime el valle interior cuando escucha el paso del viendo peinando los pastizales, lavando las arenas con el llanto y la gaita abandonada suena sola; entonces bosteza la tarde para despedirse de la luz y siente frío el alma, ...la del chal rojo sobre los hombros... ¡Oh, qué lejanías de nostalgias nos enamoran! Y esas últimas luces que nos regala el día brillan resplandecientes permaneciendo largo rato dubitativas, solitarias, entretenidas en su bosque interior cuando nos piensan, porque una vez estuvimos mirándonos ambas, contemplativas, sorprendidas de pertenecer al mismo mundo donde fuimos conducidas, unidas; porque sin  pensamientos los ocasos en las almas amantes que se quieren, nunca son repetidos sus celajes. Ellas no pueden darse a conocer y quien los describe les infunde vida con palabras. Es el más bello cuadro que contemplamos y aunque sean de siempre repetidos, jamás son iguales por las transformaciones que las nubes hacen en el aire con sus danzas que lo adornan, con el viento cuando juega con el movimiento de las mismas, a poco a poco se deshacen y desaparecen hasta mezclarse con la oscuridad de la noche. Entonces, se pasea la luna del brazo de las tinieblas para brindarle un poco luz hasta donde pueda verla, para quedarse ensimismada  y siente frío para arroparse en las cálidas letras de un poema que le hace un edredón de palabras y la arrulla, dejándola dormida.

Cuentan que los ocasos son temporales que se adueñan de nuestros sentidos, oscurecen deseos apagándose para siempre dentro de cada alma que los conoce, esa que perdemos cuando no sabemos retenerla a nuestro lado ¡Y todo pasa por un maldito guijarro que estaba en mitad del río, interrumpiendo su cause!
Algunas veces las torpes ranas son culpables por resbalar por las laderas y llevarse consigo unos cuantos guijarros, donde deseaban apoyar sus ancas para contemplar el agua  y, al  verse provocadas por el viento que les daba de lleno, cuando debían de intentar salvarse  y no morir al ser despojadas del bello paisaje al que se habían acostumbrado, caen desde desde la altura de la pendiente donde habían conseguido subir  para contemplarlo... Es posible que alguna ranita hermana, quisiera hacer algo bueno por su alma, por salvarla, y no pudo detenerla en su caída... yéndose con ella para siempre.
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Pero el río de la vida es exactamente a toda corriente humana o en el cuerpo profundo del seno del planeta. Sigue desde sus entrañas avanzando hacia el corazón de los mares en eterno movimiento, necesita mantener nuestro habitad vivo, latiendo cada día. Es allí donde permanecemos en silencio, devorados por la curiosidad de conocernos mucho más para saber del calibre interior que tienes las almas, cuando son dirigidas por la luz.  Somos como pequeños corpúsculos pensantes: el y nosotros, río y mar... Como una arteria de sangre impulsada por el latido de su corazón y nosotros igual con nuestro fluir constante, siempre intentando sobrevivir al misterio de las venas cortadas, desangrándonos por el dolor de perder la vida o el amor en ello. Todo. Unas veces ralentizando el caudal entre nuestras inquietudes o alegrías, haciendo que nunca terminen y nos produzcan muchas satisfacciones antes de llegar. Otras; consiguiendo por fin la plenitud en el estuario que nos espera para fundirnos con su mar... Percibiendo del mundo el empuje que anima a ir más rápido o precipitados en cascada.  Pienso con temor que “sólo falta un guijarro en el lecho del río para que se salga de madre...” dice un proverbio. Sí, uno solo que nos arrase... ¿Y qué hacía el maldito guijarro allí tan mal puesto! -Aún me pregunto. Seguro que el río lo sabe, seguro que el mar también.

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No deja de ser este peregrinar nuestro de seres humanos, una carga de historias positivas y yerros sangrientos, una eterna resurrección en el previo dolor de cada muerte individual o genocida, que sólo asegura la Energía Creadora de la que estamos hechos, para mantener su magma en el fuego de quien la nutre y de donde mana tanta maravilla, como si fuésemos el pan que se come a diario nuestro planeta (¿Acaso,  no lo es?) El que saca ardiendo día a día del 'gran horno',  donde todos permanecemos a la espera de ser engullidos de nuevo y mezclados con sal y agua, amasados en la misma artesa pero sin levadura por lo increíble de este sistema, el que nos da la razón de ser hijos de la Creación pero igualmente seres con privilegios para dilucidar caminos en cada transición. Y, ellos, el bien y el mal en continua puja por los deseos que se dan en el mundo y pro tantas prohibiciones que  nos rompen los sueños.  Pero estamos llamados a mantenerlo, cuidar y amar, porque sin el sentimiento de amor no somos nada atizando su fuego y el mío , aún sigue sintiéndolo cada día... ¿O, es que si confesamos que amamos demasiado, es tan terrible? Tengo que recordar que fue lo que ese gran profeta y ‘enviado’ nos enseñó: “Amaros los unos a los otros”... Sólo que debemos saber de qué está hecha la esencia real de cada amor individual y el otro universal, porque a veces por estúpidos, nos cargamos ambos; siendo nosotros mismos los que en estado agónico y desterrados de la esperanza,  le asesinamos a diario. Y seguimos siendo los que más le necesitamos.


 Y pregunto: ¿De qué estará hecho el amor? ¡Si me he quedado sin alma! Y sé que desde algún lugar ella  sigue  enviándome la energía de su amor , para que nunca me falte la fuerza que ambas necesitamos para seguir cada una en el lado que le corresponde, pero sintiendo el efecto del mismo aire que respiramos y nos falta. ¡Cómo poder explicar este fenómeno de la percepción y lo evanescente!


A. Elisa Lattke V.
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